por Brian Anglo [1]
En 1947, el gobierno británico se retiró del país hasta entonces conocido como la India, después de un movimiento nacionalista que había incluido un motín entre la armada (bajo la consigna “Viva la revolución”), una rebelión entre los soldados de élite, luchas campesinas contra los terratenientes y una oleada de huelgas en las que participaron hindúes y musulmanes conjuntamente.
No obstante, durante décadas los gobernantes británicos habían basado su dominio en la promoción de las divisiones religiosas (en 1947 había 255 millones de hindúes, 92 millones de musulmanes y 6 millones de sijs) y tanto antes como después de su retirada hubo masacres entre las dos distintas comunidades.
El resultado de la partición de la India fueron un millón de muertos, 15 millones de desplazados, la creación de un estado musulmán –Pakistán, “país de los espiritualmente puros”– dividido en dos partes separadas por una distancia de unos 1.500 kilómetros; y la partición de las provincias del Panjab y de Bengala, cada una con una fuerte unidad cultural y lingüística por encima de las diferencias religiosas.
En 1971, con la ayuda del ejército indio, Pakistán Oriental se separó de Pakistán Occidental, transformándose el primero en Bangladesh y el segundo en el país hoy conocido simplemente como Pakistán.
Durante la mayor parte de su existencia, Pakistán ha estado gobernado por dictadores militares o civiles corruptos. Han existido movimientos de masas opositores, pero no han llegado nunca a constituir una alternativa factible.
El actual presidente y jefe del Estado Mayor, el general Pervez Musharraf, tomó el poder a través de un golpe militar incruento en octubre de 1999.
Desde entonces, Pakistán – que como su vecino más grande y enemigo intermitente, la India – posee la bomba atómica y ha continuado recibiendo un ya tradicional apoyo económico, político y militar de los Estado Unidos. Históricamente, una de las razones de este apoyo ha sido el afán de crear un cierto contrapeso respecto a la India que, durante la “guerra fría”, se había pasado al campo de los no alineados. Últimamente, sin embargo, los EEUU cultivan la India como contrapeso de China. Otra razón ha sido el papel otorgado a Pakistán respecto otro vecino, Afganistán; primero contra el régimen “comunista” de Kabul, después contra las tropas soviéticas y, por último, contra los talibán y partidarios de Al-Qaeda que ellos mismos (y la administración norte-americana) habían fomentado.
Aún así, esta relación llena de contradicciones (debidas principalmente al crecimiento de las fuerzas “islamistas extremistas” no controladas), ha estado sujeta a unas tensiones inusitadas en la medida que Musharraf ha ido perdiendo credibilidad y eficacia.
En marzo de este año, Musharraf ordenó la dimisión de Iftikhar Mohammed Chaudry, jefe de la judicatura. El rechazo de éste desencadenó una serie de protestas –lideradas mediáticamente por los abogados, pero vistas con una simpatía de gran parte de las capas populares– lo suficientemente potentes como para frustrar los designios del general. El fracaso de esta medida tiene una importancia añadida ante el intento de Musharraf de volver a presentarse a las elecciones o ser reelegido directamente por la Asamblea Nacional saliente (con la complicidad de la desprestigiada exprimera ministra Benazir Bhutto), ya que podría ser bloqueado por el mismo Tribunal Supremo que impidió el despido de Chaudry.
Este contexto de debilitamiento interno, junto con la amenaza de los EEUU de bombardear algunas regiones pakistaníes fronterizas con Afganistán, puede explicar la decisión de Musharraf de resolver el reciente asedio de la Mesquita Roja en Islamabad, la capital del país, mediante un ataque militar en toda regla como una manera de restablecer su autoridad y demostrar que puede actuar de forma contundente contra los fundamentalistas (favorecidos durante muchos años por el mismo régimen).
Ahora bien, como dice Farooq Tariq del Partido Laborista Pakistán (LPP), “no se puede derrotar el fundamentalismo por la fuerza... Hace falta una lucha política para desenmascarar el significado real del fundamentalismo religioso en la vida de la gente normal”. En unas circunstancias muy difíciles, el LPP defiende una postura independiente de la junta militar, del imperialismo, de los partidos burgueses y de las fuerzas fundamentalistas, abogando por la más amplia movilización de las masas como única salida de la crisis que sea favorable a la mayoría empobrecida.