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"Los estudiantes están organizando su rabia apuntando al proceso de Bolonia"

Sábado 8 de noviembre de 2008

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  • [Castellano]

Entrevista a Ander Gorrotxategi, Joseba Fernández, Xabier Albizu y Jon Bernat Zubiri, autores de ’Movimientos sociales: resistir, crear, imaginar en la universidad’ (Gakoa, 2008). [1]

Cuando la Asamblea echa a rodar, se encuentra con la necesidad de hacer un ejercicio de autocrítica y casi de introspección, de pararse a reflexionar sobre los estudiantes y sus formas de organización, pero sobre la Universidad como institución social también. Primero, nos dimos cuenta de que había una falta de interés y de estudio sobre el tema en los últimos años, y consideramos que era necesario reivindicar al movimiento estudiantil tanto como sujeto de acción política como sujeto sobre el que reflexionar e investigar. Segundo, a la hora de formular respuestas, vimos que había una falta de transmisión de experiencias de los que cambiaban de aires a los que tomaban el relevo. Y es que, si bien en algunos casos perduran las estructuras, existe una sensación de nacimiento en cada nueva articulación del movimiento estudiantil, como si se empezara de cero. Entonces, pues decidimos que había que hacer un trabajo colectivo de reflexión, y así surgió la idea del libro. A la vez que pensábamos la Universidad y el propio movimiento estudiantil, debía ser un esfuerzo por recordar y dignificar las luchas más recientes del activismo universitario.

¿Y cuáles son en vuestra opinión, en este momento, las resistencias estudiantiles a las que debemos prestar atención?

Hoy por hoy, los estudiantes están organizando su rabia apuntando al EEES, al proceso de Bolonia. Denuncian que la búsqueda de una mayor autonomía de las universidades en este contexto es, en la práctica, permitir la subordinación de la educación superior al sistema productivo, establecer la dependencia de la universidad hacia el capital privado y sus intereses coyunturales. Y la idea de que ahora el alumno es el protagonista, que su grado de autonomía es mayor también es una falacia. El alumno deviene en el mejor de los casos un cliente que busca materializar los servicios de la universidad, mientras vemos que en realidad se está convirtiendo en un mero producto a comprar por las empresas. Por otra parte, en algunos casos se señala a Bolonia, cuando hay que buscar el origen en la progresiva privatización y mercantilización de la educación. Así, esta lucha hay que situarla en un marco más grande: la agresión por parte del capital privado a la universidad pública como tal, y al propio estudiante como ciudadano. La educación como servicio público se encuentra en el punto de mira del proceso de la globalización neoliberal. Este catecismo económico concibe la educación no ya como un derecho fundamental, si no como un artículo de consumo, responsabilizando al individuo de su propia formación. Y por esto, no está de más, afirmar una y otra vez que la educación no es una mercancía y que la universidad no es una empresa. En consecuencia, ni la una, ni la otra deben estar supeditadas a los intereses del mercado. En este sentido el riesgo de introducción de capital privado es un ya un un hecho real. Y, además, de forma cada vez mayor y más descaradamente. Ayer mismo se juntaban en un acto público el presidente de la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas (Ángel Gabilondo) y el insigne Emilio Botín, y sin ningún pudor hablaban de que el sistema de educación superior español necesita 2.300 millones de euros para “competir” (palabra clave en este proceso paralelo a la Estrategia de Lisboa) en el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) y que, por tanto, las formas de financiación tienen que ser “muy abiertas y muy plurales”, hasta el punto de que Gabilondo llamó al “mecenazgo” de la Universidad por parte del sector privado. Los efectos de esta financiación directa o indirecta ya la estamos viendo en el día a día: en la elaboración de los diferentes planes de estudios, en las cátedras a título de grandes multinacionales, en la orientación de la investigación priorizando los intereses del mercado, en el nombre de empresas asignado a edificios universitarios, en la relevancia decisiva de las grandes empresas en los Consejos Sociales etc. En definitiva, es el propio concepto de “lo público” lo que está en disputa hoy en día en la Universidad. Y, es triste reconocerlo, pero somos muy pocos estudiantes, y sin grandes apoyos externos (de sindicatos, partidos, movimientos sociales) los que nos estamos atreviendo a enfrentar este tren en marcha y sin frenos.

A lo largo del libro defendéis el modelo de Asamblea abierta, transversal y plural como eje de la práctica estudiantil, ¿entendéis que sigue habiendo capacidad de creación y de recreación de nuevos espacios para las alternativas desde la movilización estudiantil?

Así es. Nosotros entendemos que el estudiantado es una comunidad con amplias capacidades de auto-organización política, social y cultural. A pesar de los riesgos de regresión que vive la universidad y la educación pública, siempre existirán grupos de estudiantes y jóvenes investigadores que se juntan para intercambiar opiniones y para impulsar dinámicas de reflexión y acción crítica. En este campo, la asamblea es la propuesta que hacemos nosotros porque creemos que la creación y recreación de espacios de movilización estudiantil es mucho más saludable cuando se realiza desde una autonomía de cada participante respecto a otras lógicas y organizaciones políticas. La asamblea permite el encuentro entre diferentes, entre personas que en ningún caso compartirían militancia en un sindicato o partido, o en una asociación de objetivos estrechos y limitados. En una asamblea de facultad todo el mundo que siente cierta afinidad por las reflexiones y acciones generadas tiene cabida. Toda persona que, desde sus propias e irrepetibles posiciones críticas, tenga ganas de juntarse a trabajar por la construcción de alternativas para nuestra universidad y para la sociedad y el mundo en que vivimos. Y creemos, sin duda, que esto es mucho más sano y emancipador cuando no se encuentra orquestado por intereses partidistas y/o ajenos a las inquietudes expresadas por los estudiantes en su vida cotidiana. Las asambleas contra la Ley Orgánica de Universidades en el 2001 o, en mayor media, contra la Guerra de Iraq en el 2002-2004 demostraron la capacidad del asamblearismo y la organización autónoma de los estudiantes para federar identidades y subjetividades de lo más diversas en pro de un objetivo y una acción política común.

Sin embargo, aparentemente, la imagen que se proyecta de las movilizaciones estudiantiles, pongamos por caso las que se realizan contra el llamado Plan Bolonia, es de una minoría ultra-ideologizada de estudiantes tratando de detener un proceso que es natural e irreversible…

En torno a estas movilizaciones se pueden señalar dos cosas. Por un lado, desde las instituciones se abstienen de sostener un debate real en torno a la reforma, ya sea por negligencia o por costumbre. Además, ocultan e intentan minimizar y ridiculizar la protesta estudiantil: "no hay alternativa", "es la cultura de la queja",... Hablan de “participación” del estudiantado en el proceso, sin embargo, hemos asistido a varias huelgas de estudiantes expresando el rechazo a la reforma que han tenido una participación real masiva. Por otro lado, la estrategia por parte de algunos sectores del movimiento estudiantil ha sido la de generar ruido para atraer a las cámaras, para hacer ver que existe un descontento. La linealidad entre provocación y represión se ha manifestado, y la policía ha entrado a imponer orden y ley. Nos choca la poca repercusión que ha tenido en la sociedad. Ahora bien, si se trata de evaluar la capacidad de transmitir el discurso, de difundir la lucha a un espectro del estudiantado más amplio que el que configuran los militantes y los simpatizantes, nos mostramos escépticos. Sin embargo, también se puede constatar en las últimas semanas una potencial ampliación del movimiento. En Barcelona, en Madrid o en Andalucía hay un repunte de la movilización, una maduración del discurso en lo referente a la progresiva mercantilización de la educación, al riesgo de la privatización de la educación vía financiación privada etc. y se está ampliando el círculo de quienes se están organizando. Además se está consiguiendo que se produzca un creciente, aunque aún mínimo, debate social en los medios de comunicación y en la sociedad sobre el futuro de la educación superior. Todo esto nos hace pensar que es posible la aparición de una oportunidad real para el surgimiento de un verdadero ciclo de protesta en la Universidad dentro de los límites de la contestación social que hoy nos toca padecer.

Sin embargo, la incapacidad para llegar a sectores mas amplios es precisamente uno de nuestros principales puntos de autocrítica. Pero también es cierto, auque parezca paradójico, que la principal demanda de esa minoría ultra-ideologizada que decimos, ha sido desde un principio una mayor información sobre la reforma, y un verdadero debate en profundidad sobre el modelo de universidad, demandas ambas que deberían servir para activar a esa gran masa estudiantil en pro de un debate y una reflexion urgente sobre el modelo de universidad.

Estamos estas semanas inmersos de lleno en la vorágine del recuerdo nostálgico, e interesadamente olvidadizo de lo que fue el ´68. ¿Qué creéis que puede evocar el recuerdo de aquellos meses de activismo y de revueltas entre la generación de jóvenes activistas de hoy?, ¿Cómo podríamos trazar, o no trazar, un hilo que diese continuidad a aquellos combates y a los que intentamos que se produzcan “aquí y ahora”?

La agitación del ’68 supuso un cuestionamiento pleno de la organización social, económica y política que se estaba configurando en la sociedad de la abundancia. Se reclamaba el reconocimiento social de todos los miembros de la sociedad, de la hegemonía del interés público sobre el privado, y se hablaba de poder popular auto-organizado y auto-gestionado. Y en este sentido, el recuerdo del ’68 pone sobre la mesa la posibilidad de la alternativa, que un día la eliminación de la dominación fue el ideal y para ello se buscaba un cambio de vida, un cambio social. Nos plantea la necesidad de reivindicar la memoria del ejercicio político de aquellos que vivieron esa posibilidad. Nos plantea la lucha por la hegemonía cultural, poner en cuestión los innumerables artículos de los sociólogos, periodistas, politólogos, de los especialistas que ejercen una revisión del ’68 y nos dicen que no hubo revolución, que tan sólo fue una corriente de liberación sexual… Por otra parte, no hay que olvidar el carácter internacional de los acontecimientos que plasmaron una rebeldía casi planetaria. Supuso un cuestionamiento del sistema u orden mundial, se denunciaba tanto el capitalismo de mercado como el capitalismo de estado, así como el imperialismo que ambos manifestaban. Se nos hace fácil ver el paralelismo con el movimiento altermundialista, todas las personas que se organizan desde sus pueblos, barrios, ciudades, con la convicción de que “otro mundo es posible”. En cualquier caso, no deja de ser cierto que el ´68 no pasó demasiado por aquí, ni en Euskadi ni en el Estado. Las urgencias sociales y políticas eran otras, es evidente. Y claro, eso hace que aquí no tengamos un referente como el del mayo francés o el ´77 italiano que sirva no ya de referencia si no de punto histórico de legitimidad para los movimientos estudiantiles. Aquí la evocación de la contestación universitaria se nos va, casi instintivamente, a la “Transición”. Y eso, ya sabemos cómo se cerró y cómo sirvió para romper el potencial de las izquierdas más combativas. Y, por tanto, en esto también, las generaciones actuales somos huérfanos de una referencia histórica que sirva de guía y de legitimación social de la Universidad también como espacio de conflicto por y para la transformación social.

Notas

[1] Entrevista publicada en Hika.


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