dilluns 28 d'agost de 2006
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per Pepe Gutiérrez
Aunque desde nuestra izquierda gubernamental (la única que tiene acceso; en España puede gobernar un presidente Aznar que estuvo en contra la Constitución por motivos fuerzanovistas, pero ningún comunista que votara que sí), se habían dado algunos gestos a favor de la memoria republicana, y seguramente el más importante de todos fue la Exposición sobre el Exilio organizada por el mismísimo Alfonso Guerra, en realidad eran gestos que por más que pudieran resultar ser más o menos auténticos, en lo fundamental trataban de recuperar algo del capital perdido de los grandes “éxitos” del periodo felipista que llevó a cabo, no la política “socialdemócrata” desde la que montó el número de la “moción de censura” contra el gobierno de Suárez, sino la política que la UCD no habría sido capaz de llevar a cabo. De ahí que no me sorprenda lo más mínimo que en la futura ley sobre la Memoria histórica no se anulen los juicios (u otro tipo de condenas) franquistas (ni los de la guerra civil ni los de los 40 años de dictadura) El señor Presidente tiene suficiente con desmarcarse de una derecha que considera a Franco un mero “autoritario” según los baremos de la política exterior estadounidense, y una “provocación” que se trata de enterrar a los miles de muertos que el militar-fascismo había dejado en las cunetas en su marcha triunfal hacia la Victoria.
Ya que estamos en esto de la memoria, ¿quién no ha leído en alguna ocasión a algún escritor o abogado del nazismo afirmando que de haber ganado la guerra, Hitler sería considerado un gobernante honorable?. Por mucho que nos repugne, no hay duda de que esos señores tenían su razón, y no habría que llegar hasta Hitler, bastaría mencionar un ejemplo más cercano: el de Henry Kissinger. Pero ya que estamos con los paralelismos históricos, los del nazismo y el franquismo fueron tan obvios como que la Legión Cóndor destruyó Guernica. Sin embargo, esta convergencia no acaba aquí, hay otro y se sostiene gracias a la investigación histórica. Ese otro es que, exceptuando el caso fuera de toda medidas del judeocidio en Alemania y en Europa, en el trato contra su propio pueblo el nacional-catolicismo dejó en mantilla al nacional socialismo. Aquí, al igual que en Alemania se practicó un exterminio sistemático por razones políticas y sociales de la ciudadanía. Hoy no queda ninguna duda sobre el carácter “exterminista” del franquismo, de su voluntad de "limpieza" que practicó a medida que iba ganando la guerra, como preámbulo a la limpieza masiva que llevó a cabo, luego, sobre todo en la primera década de la dictadura, pero de alguna manera, hasta el final. La diferencia no radica pues en la mayor o menor perversión de “los ideales” sino en el hecho elemental de que Franco ganó la guerra (gracias Hitler, gracias Mussolini, gracias Chamberlain y Daladier, gracias Stalin), y que también ganó la posguerra. Las “democracias” no se olvidaron de él, lo recuperaron en el pacto anticomunista, por cierto un pacto que firmó toda la socialdemocracia europea. Hasta Indalecio Prieto se tiraba de los pelos, aunque todavía trató de convencer a los norteamericanos hasta que Foster Dulles, ya cansado, le recordó algo tan elemental como que la política exterior de los Estados Unidos, antes que principios tenía amigos, y Franco era un amigo.
De ahí que a pesar de todas las convergencias ni las leyes antifascistas, ni mucho menos los Nuremberg sean aplicables al franquismo. Una muestra del grado de desfachatez y el cinismo de la España, una, grande y libre, es que con ocasión de dichos procesos lanzaron una campaña desde sus medios para clamar para que también fueran juzgados... los gobernantes republicanos..
Evidentemente, en el PSOE la afiliación está por lo general de acuerdo con todo lo que se está diciendo aquí, si hasta lo pueden estar algunos de los tribunalistas de El País que hasta no hace mucho dedicaban sus aceradas colaboraciones contra cualquier cuestionamiento del “pacto del silencio”, un pacto que – al decir del malogrado Javier Tusell no existió, lo que no le impidió acusar a Guerra de romperlo con la exposición sobre el exilio-, pero una cosa es la verdad y otra es gobernar. Y desde el gobierno el PSOE acepta que José Bono asista a la canonización de unos de los “mártires cristianos” víctima de la “zona roja”. El mismo Bono que insultó la memoria de la libertad haciendo desfilar a un luchador por la libertad (ex-miembro de la División Leclerc, liberadora de París), junto con un mercenario del nazismo (ex-miembro de la División Azul, División de la Wehrmacht). Una línea equiparatoria que no es tal, y de la que se hace bandera cuando el propio Rodríguez Zapatero declara que en la guerra todos fueron víctimas, los que asesinaron a su abuelo para dar un golpe de Estado, y el abuelo que defendió la República. En la calle, en las discusiones, incluso en alguna mesa, no es difícil encontrar personal que considere que el franquismo no merece un tratamiento diferente que el nazismo, lo que no impide haber asimilado la diferencia entre uno y otro ya que, si das un paso más en la discusión, te dirá que las libertades aquí no fueron, o lo fueron menos, por la lucha desde abajo, que por una concesión por arriba. No es otra cosa lo que se traduce de su exaltación del “republicanismo” de Juan Carlos I. Al decir esto me viene a la memoria un tumultuoso debate en la campaña sobre la Constitución cuando, tras escuchar mis palabras sobre el papel del ejército en ésta, salió un militante socialista muy conocido entre el público, gritando desaforadamente: ¡Ustedes lo que quieren es que haya un golpe de Estado, lo estás provocando con las cosas que estas diciendo!”.
Está claro, al no anular los juicios del franquismo (guerra civil y dictadura, e incluso después, con los ministerios de Fraga y más tarde de Martín Villa, las fuerzas represivas siguieron gozando de impunidad, hasta las tropas golpistas fueron respetadas y no sufrieron el menor castigo). Lo que está haciendo Rodríguez Zapatero es "reconocer" el golpe de estado y la dictadura franquistas, y respetar la impunidad de los cargos policiales y militares. Están diciendo que la victoria anula cualquier responsabilidad, y asume que no se puede dar un paso en otra dirección que la dictaminada por los pactos de la Transición, tan alabados por cierto. Está aceptando que la derecha aunque no gobierna, reina en este país, y que cualquier paso más allá de los límites marcados es asumido por esta como trasgresión. De ahí que ahora tenga la iniciativa política mediática y callejera, porque ellos no tienen miedo a la calle, que ya lo dijo Fraga en frase famosa: era suya. El mismo Fraga de ayer, que días después de hacer unas declaraciones al Corriere della Serra en las que dice lo que poco más o menos ya decía desde que se hizo “demócrata”, era agasajado por el Parlamento gallego con la asistencia del PSOE y del BNG.
Curiosamente, esto lo hace una formación política que en el tema de la memoria subraya ante todo el carácter legal y constitucional de la República, al tiempo que desdeña el peso de los movimientos populares sin los cuales la República –sencillamente- nunca habría tenido lugar. Pero aquella legalidad perdida ya no tiene, al parecer, reparación, ni tan siquiera para los que lucharon por ella y sufrieron todo lo que sufrieron, que también esto se ha ido aclarando día a día, testimonio tras testimonio, investigación tras investigación, por encima y más allá de las razones de Estado dictadas por los líderes políticos de la Transición, aquellos señores que dijeron al pueblo, esto o algo peor. Contaba Tolstoy en sus memorias que una vez se encontró a un oficial azotando cruelmente a un soldado, y que él le preguntó “¿Es que no conoce Vd., los Evangelios?”, a lo que el oficial le respondió, “!Sí. Pero también conozco las ordenanzas¡” El PSOE conoce el Evangelio de la República, pero también conoce las ordenanzas, y no quieren problemas con los aparatos de Estado. Esta fue su línea primordial, la que llevó a Enrique Múgica a declarar en un congreso de las juventudes socialistas que la mejor manera de hacer antimilitarismo era subiendo el sueldo a los militares. Cuidar que estos no se puedan quejar ha sido una de las líneas de continuidad de todos los gobiernos.
Los datos son tozudos y no pasan por ninguna “Tercera España”, que si existió fue la que de una manera u otra trató de quedar al margen, pero que tuvo también que claudicar ante la Victoria. Por más que los historiadores neofranquistas cuenten lo que los lectores de la “Zona Nacional” quieren leer, la verdad histórica que asoma por la prueba de los hechos hace que el conocido axioma de un Voltaire desolado, “La historia de la humanidad es la historia de sus crímenes”, venga como un anillo al dedo en lo que respecta al franquismo. Mi otro yo me está diciendo que no sea maniqueo, y me recuerda las historias familiares, la necesidad de matizar. Cierto, el franquismo arrastró mucha gente que creía “en España”, en que la vida era como una noria en la que el pez grande se come al pequeño, y que donde manda patrón no manda marinero, y que si las libertades y los derechos son cosas buenas, no eran aplicables a este país que necesitaba orden y mano dura, pero si entre tanto atraso y provincianismo latía una humanidad, esta siempre miró al franquismo con tanto miedo como repugnancia. Pero aparte de esa España “profunda”, otra parte de su base social durante la guerra, fue arrastrada por el terror. Luego fueron a ocupar su lugar entre los perdedores de primer grado, los que no fueron perseguidos, pero que sufrieron las mismas derrota en cuanto a derechos elementales. El día que se escriba en detalle la recomposición del antifranquismo se descubrirá que fue de esta base social en donde surgió la última leva, la más masiva e insumisa, la que se desarrolló en el tardofranquismo, cuando éste ya agonizaba socialmente.
Este desplazamiento tiene una explicación elemental aparte de las transformaciones socioeconómicas objetivas que, por ejemplo, convirtieron el Ferrol o la Navarra tradicionalista, en zonas industriales. Esa explicación es ante todo el grado de exterminismo y por lo mismo, de extenuación de la gente republicana. Ahora también se comienza a conocer en detalles lo que significó el “gran terror” en todas sus variantes: paseos, asesinatos, trabajos forzados, cárceles, campos de concentración, purgas de ricino, exilio, expedientes, expulsiones, etc., etc. La historia de las tentativas de reconstrucción militante de organizaciones como la CNT está repleta de páginas de sufrimientos sin cuento que acabaron por diezmarla totalmente. Los jóvenes del FLP que empezaron a entrar en la cárcel comenzaron a saber que con ellos era diferente que con “los comunistas”. Más allá todavía quedara por explicar lo que significaba para las personas a las que habían matado a sus seres queridos, vivir cada día en un pueblo donde muchos de los criminales figuraban entre las autoridades. En Andalucía o Extremadura, esta gente fue la que antecedió la gran emigración. Pero hay más detalles, por citar un ejemplo, el trato que los hijos de los republicanos recibían en el curso del servicio militar. La extenuación fue tal que no sería hasta bien entrado los sesenta que comienza a darse otra promoción masiva de antifranquista, otra promoción que, todo hay que decirlo, salvo excepciones, carece del temple de la anterior.
No vale decir que también hubo terror en la zona republicana, por más que no se trata de ningún modo de minimizar éste ni de desdibujar sus aspectos más repulsivos, el que se cebó con la pobre gente que todavía andaba sometida a la Iglesia, esto por no hablar de la represión sistemática a veces en nombre de la revolución, de un sentimiento de venganza elemental que sitúa a sus hacedores en la escala más primaria de la militancia social. Pero estamos hablando de cifras en ningún modo comparables, y de reacciones espontáneas provocadas por la propia vesania de los sublevados. En su mayor parte se trataron de actos indisciplinados e incontrolados, que cedieron cuando se normalizó la gobernabilidad, por ejemplo en Aragón todo remitió cuando se impuso el consejo que gestionaba las colectivizaciones. Se ha querido insinuar que en esta represión antirreligiosa el protagonismo correspondía el términos absolutos a la CNT-FAI, pero los estudios confirman que se trató de una actuación generalizada, incluyendo donde las izquierdas más moderadas fueron mayoría. El hecho de que en el País Vasco esta reacción religiosa no tuviera lugar, nos confirma que fue la actuación incalificable de la Iglesia el factor determinante en esta represión. Ahora bien, de reconocer a esto a concederle a la Iglesia la palma del martirio media un abismo. Que la Iglesia esté detrás y delante de medios como la COPE es una prueba sobre hasta qué punto sigue implicada en todo lo que la sublevación significó.
España sigue siendo el único país dónde se siguen conservando estatuas y loas a un régimen fascista, y es también el único ejemplo de país dónde un partido de la derecha homologada, que no ha tenido que reconocer nada, antes al contrario, que pretenda imponer la ley del silencio, y se niega en redondo la condenación del franquismo. En su amparo de la impunidad de sus antecesores se encuentra el origen de lo que han llegado a decir sobre el 11-m, tanto es así que se permiten ser ofensivos porque desde la izquierda gubernamental nadie se atreve a establecer su conexión elemental con la foto de las Azores. Oyendo y leyendo lo que han llegado a decir sobre este acontecimiento, se entiende lo que hacen en relación al franquismo. Esto nos aclara bastante cosas sobre esa tonta pregunta que algunos se hacen sobre donde está la antigua extrema derecha. Los tiempos de la ultraderecha que ni siquiera leía libros, ya ha pasado. Ahora solo tienen que leer a Manuel Vargas Llosa y otros “maestros del pensamiento”.
Es esta prepotencia la que les permite, no solamente ignorar los contenidos de la resolución 39(I) de la Asamblea General de Naciones Unidas sobre las "Relaciones de los Miembros de las Naciones Unidas con España" con fecha de 12 de diciembre de 1946, sino además ser rudamente beligerante con un gobierno que siempre acaba cediendo. Cediendo tanto que desde algunas de las plataformas en pro de la recuperación de la “memoria histórica” se ha llegado a tachar el proyecto de ley como una traición a la II República, a los principios básicos de la democracia, y a la Declaración Universal de Derechos Humanos, y por supuesto una traición al pueblo de izquierda que estuvo con la República de las libertades y las reformas o con la República de la revolución. Esto resulta tanto más doloroso cuando, por otro lado, el gobierno de Rodríguez Zapatero, no ha dado pasos significativos en tema de pensiones, otra evidencia de que, setenta años después de la guerra, siguen habiendo vencedores y vencidos. En este sentido, la España de la “Santa Transición” se encuentra muy por detrás de las resoluciones de Naciones Unidas, de los informes de expertos sobre la imprescriptibilidad de los crímenes por genocidio y contra los derechos humanos, de la dictadura fascista, o de las “Comisiones de la Verdad” creadas en Sudáfrica, un país “del Tercer Mundo” como diría el PP, y en el que personajes como Fraga se habrían visto obligado a declarar y a pedir perdón por los actos perpetrados desde un régimen ignominioso e ilegal.
De alguna manera esta propuesta de ley confirma algo que algunos ya nos temíamos: que no se podía confiar en la lógica de la izquierda gubernamental, y que se impone seguir trabajando como ya se ha venido haciendo con la mira puesta en el quehacer de cada uno por las víctimas, por dar a conocer la verdad histórica, y sobre todo por hacer lo máximo posible por difundirla entre las nuevas generaciones, para romper de una vez por todas con el vacío que se impuso desde los años ochenta hasta conseguir que este fuese un país amnésico. Esa lucha agrupa a todas las izquierdas que no renuncian a su legado, y ha de seguir adelante por otra ley, la que antes de debatirse en los parlamentos la hayan hecho suya miles y miles de ciudadanos y ciudadanas.
De hecho, ahora ya no se puede hablar de otra derrota, ni mucho menos. Después de haber caído en un pozo de cretinismo, todo lo que se ha trabajado en los últimos años puede considerarse un enorme paso adelante, un paso que ha irritado considerablemente a los neofranquistas, que ha obligado a la izquierda gubernamental a dar pasos que de otra manera no se hubieran dado, y sobre todo, a crear un ambiente propicio que se manifiesta en toda clase de libros, revistas y páginas Web, en el ambiente de atención que siguen suscitando los debates, en el hecho de que hasta en TV2 se han ofrecido documentales y debates que hasta no hace tanto resultaban más que improbables.