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¿Deudas a la Revolución o cuentas pendientes?

Miércoles 11 de marzo de 2009

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Llevo tiempo preguntándome qué papel tuvieron el discurso y la praxis feministas en la Revolución de Octubre. De manera similar a la historiografía de tantos otros momentos históricos, en la vasta literatura producida sobre el 17 no abundan ricas descripciones del papel que las mujeres tuvieron en la Revolución ni de cómo ésta cambió la vida de aquéllas. Y entendedme, hablar de Rosa Luxemburgo o Alexandra Kollontai no basta: me refiero a un análisis profundo y exhaustivo del rol de las mujeres en el proceso revolucionario y de cómo las reivindicaciones feministas fueron integradas en él.

Explica Lidia Cirillo que durante los años inmediatamente posteriores a 1917 se aprobaron leyes y medidas sin precedentes en favor de la emancipación de las mujeres: las mujeres habían obtenido recientemente, por primera vez en el mundo, el derecho al voto; justo después de la Revolución se introdujo una forma de divorcio particularmente sensible a los intereses de las mujeres; se equipararon los derechos de los hijos legítimos e ilegítimos; se reconocieron los matrimonios de hecho para impedir que los hombres eludieran sus responsabilidades; se suprimió la potestad marital. Las mujeres obtuvieron permisos de maternidad y otros derechos laborales; se empezaron a esbozar proyectos para colectivizar el trabajo reproductivo y para crear una sólida red de servicios sociales; se introdujeron las cuotas tanto en las contrataciones como en los soviets; se realizaron cursos de formación política por los cuáles pasaron unos diez millones de mujeres en poco más de diez años; y se abolió la criminalización zarista de la homosexualidad. Estos avances, desafortunadamente, duraron poco y el régimen estalinista, entre otras cosas, prohibió el aborto de nuevo, volvió a ilegalizar y condenar la homosexualidad y limitó severamente el derecho al divorcio.

Independientemente de la tendencia contrarrevolucionaria posteriormente iniciada con el ascenso de Stalin al poder, coincido con Cirillo en que a pesar de lo rompedor (dado el contexto histórico) de las medidas tomadas a favor de la igualdad de las mujeres durante los primeros años de la Revolución, tales medidas no fueron suficientes para transformar las relaciones de género solidificadas durante siglos, y la proclamación de la igualdad formal se enfrentó irremediablemente con la realidad de la diferencia y la identidad de género. Costumbres, convicciones e imágenes patriarcales no sólo dificultaron la aplicación de las medidas mencionadas, sino que a menudo convirtieron a los hombres en principales beneficiarios de leyes que a priori habían sido pensadas y diseñadas para promocionar el avance social de las mujeres. Por ejemplo, fueron principalmente los hombres los que gozaron de la libertad sexual, ya que las costumbres continuaban estigmatizando y castigando la sexualidad de las mujeres. Las nuevas formas de divorcio permitieron a los hombres eludir sus responsabilidades con mayor impunidad. La colectivización del trabajo reproductivo se quedó en papel mojado y, como resultado, las mujeres a menudo tuvieron que dividirse entre el cuidado de los hijos, el trabajo, la casa y sus obligaciones políticas de proletaria, “lo que dio lugar al modelo de mujer mecánica y polivalente, activa e incansable, Marta y Magdalena, que se encuentra en el origen de las reacciones intolerantes contra una emancipación tan penosa”. [1] Es decir, como en tantos momentos históricos, incluyendo las transformaciones económicas iniciadas en el último tercio del siglo XX, la incorporación de la mujer al “espacio público”, aunque constituyó un avance, no la liberó automáticamente de su reclusión ideológica y física al “ámbito privado”, sino que en realidad contribuyó a la creación de una “doble” e incluso “triple” presencia y a veces sirvió para invisibilizar la continuación de su subordinación.

Quizás no es justo reprocharles a los intelectuales y obreros que encabezaron la Revolución de Octubre que no hicieran más de lo que hicieron, ya que la persistencia de la ideología patriarcal (de la que tanto revolucionarios como revolucionarias participaban en gran medida) en general no es algo que pueda eliminarse en un par de años o con unos cuantos decretos. Es cierto también que la Revolución apenas disfrutó de tiempo y de un contexto histórico favorable para desarrollar muchos de sus planes iniciales, con lo cuál tampoco sería justo juzgarla por lo que no llegó a hacer o por lo que no tuvo tiempo de corregir.

Sin embargo, la redención parcial resultante de su corta vida no puede eximir a los revolucionarios de entonces de haber tenido una imagen inadecuada de las relaciones de género. En este sentido, y girando mi mirada hacia el presente, aunque es necesaria una comprensión profunda y amplia de cómo las relaciones patriarcales se ven reflejadas en la organización formal de nuestra sociedad (leyes, estructura del mercado laboral, cuotas organizativas, etc.), tal esfuerzo suele ser en vano si simultáneamente no se lleva a cabo un análisis de cómo las desigualdades de género también se producen, perpetúan y enmascaran en nuestras prácticas cotidianas, en nuestras relaciones interpersonales, en nuestras actividades políticas, en nuestros discursos, en nuestros hábitos: la formalización de la igualdad en las normas no garantiza su realización en la práctica, la cuál requiere un trabajo profundo a nivel político, social, ideológico e incluso personal.

La corta vida de la Revolución de Octubre y todas las adversidades a las que se tuvo que enfrentar tampoco exime a los viejos bolcheviques de su frecuente hostilidad hacia el feminismo, en el que veían un peligroso factor de división de la Revolución. Tal hostilidad ha seguido presente en (gran) parte del pensamiento y la práctica comunista del último siglo y, aunque hoy en día se la encuentra pocas veces de forma abierta, sigue apareciendo de vez en cuando tomando la forma de una cierta indiferencia, escepticismo, invisibilización e incluso negación de la necesidad de la centralidad del prisma de género en cualquier proyecto político que se auto-considere emancipador. Mientras que no es nada fácil analizar de manera exhaustiva las razones prácticas tras esta indiferencia e invisibilización, a nivel teórico l@s marxistas (inclusive l@s autoconsiderad@s como feministas) a menudo mostramos dificultades a la hora de integrar el concepto de género con el de clase sin el que el primero sea presentado como subordinado al segundo. Sin embargo, y teniendo en cuenta todas las complejidades existentes, defender la centralidad del análisis y la lucha de clases no equivale automáticamente a sugerir que el género quede subsumido en ellos.

Si milito en IA es porque soy de la firme convicción de que aquí es posible, a la vez que necesario, entender (y denunciar) que el sistema capitalista intersecciona o se cruza con el patriarcado a la hora de ubicar a las personas y los grupos sociales en relaciones desiguales de poder. Cuál de los dos llegó antes o es más central es, a efectos prácticos y en la mayoría de los casos, irrelevante, y lo verdaderamente importante para poder combatirlos es entender cómo o bien juntos o por separado configuran nuestra existencia y nos matienen alejad@s de quiénes realmente queremos ser.

Notas

[1] Cirillo, Lidia (2002) Mejor huérfanas. Barcelona: Anthropos, p. 22


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