Revolta Global
banner
Portada del sitio > Materials > Llibres > Un ramo de rosas rojas y una foto

Un ramo de rosas rojas y una foto

Variaciones sobre el proceso del POUM (Ed. Laertes, Barcelona)

Viernes 27 de noviembre de 2009

Todas las versiones de este artículo:

  • [Castellano]

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

En los últimos tiempos el legado del POUM ha podido divulgarse a través de una extensa bibliografía, así como a través de toda de aportes culturales (novelas, documentales, informes en revistas y diarios, charlas y jornadas, etc), pero no siempre pudo ser así, ni mucho menos. No fue hasta los años sesenta que –como en tantas otras páginas de la historias de las herejías y heterodoxias- se comenzó a abordar lo que había sido la revolución española, y uno de sus episodios más dramáticos, el que sintetiza la palabra POUM, un pequeño partido comunista que se remetía a la tradición comunista de cuando Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Gramsci, y la CNT, e incluso una parte considerable del PSOE, se reclamaban de una nueva Internacional revolucionaria. Después de una experiencia separada de disidencia como parte “crítica” del PCE, se unieron los dos grupos más importantes, el BOC liderado por Joaquín Maurín (que había ya integrado a comunistas independentistas y a los “bujarinistas” del Agrupación Comunista Madrileña), y la ICE de Andreu Nin y Juan Andrade, se unificaron. Esto sucedía justo después de la batalla por la Alianza Obrera (cuyos momentos más conocidos fueron la revolución de Asturias y “los hechos de Octubre” en Catalunya). El POUM apenas conoció dos años de legalidad, y la mayor parte de sus componentes fuera de Madrid y Catalunya, fueron fusilados por el ejército “africanista”.

No se trataba de una página fácil. En los años sesenta el POUM era apenas un grupúsculo sin incidencia en el interior, y además, había sido perseguido “en nombre de la clase obrera”, y con la II Guerra Mundial, y después con la “Guerra fría”, su especio político quedó bruscamente reducido como lo fue el de las corrientes más “familiares” (socialismo de izquierdas, anarquismo, trotskismo, etc). Su defensa no apuntaba pues contra el régimen franquista sino contra el PCE-PSUC, representantes del mundo socialista (ahora ampliado con Cuba, pro entonces incluso Fidel hizo unas declaraciones contra el POUM), del movimiento comunista internacional, que, por lo demás, se habían constituido con su esfuerzo militante, en los referentes ampliamente dominantes (y más castigados) del antifranquismo. Esta hegemonía tuvo su momento crucial cuando al acabar la II Guerra Mundial, Churchill y otros líderes democráticos, se negaron a mover un dedo contra Franco. Entonces el régimen supo que tenía con esos un punto en común muy sólido: el anticomunismo. También aprendió algo de sus nuevos aliados: distinguir entre los comunistas y la otra oposición. De esta manera, criticar al “comunismo” apareció como una manera de complicidad con el régimen. Manuel Vázquez Montalbán, un intelectual muy significado que se había pasado del FLP al PSUC, declaró por aquella época “que había que dejar la crítica al estalinismo al Arriba” (un diario “adicto”).

Sin embargo, la ola “revisionista” (en el sentido digamos correcto de la palabra) de los sesenta era muy poderosa, y a trancas y barrancas fueron apareciendo “criticas al estalinismo” en la guerra de España, con los títulos de José Peirats (La CNT en la revolución española), Pierre Broué (La revolución y la guerra de España), Carlos Mª Rama (La crisis española de los años treinta), Burnett Bolloten (El gran camuflage), etc., aportes que se confundían con editoriales como creadas por exiliados como Fondo de Cultura Económica y sobre todo, por Ruedo Ibérico, lo que hacía evidente que, a pesar de la ceremonia de la confusión que pretendía personajes tan implicados como Manuel Fraga Iribarne, esta no era una batalla cualquiera. Tenía a favor nuevos vientos, el de unas nuevas generaciones que se replanteaba muchos de los parámetros de la izquierda tradicional en su conjunto (poniendo mucho más énfasis en cuestiones como la realidad, la libertad personal, el feminismo), pero especialmente el de la crisis acelerada del estalinismo que, entre otras cosas, había obligado al PCE-PSUC a distanciarse del estalinismo, y lo tendría que hacer mucho más después de que los tanques rusos acabaran con la “primavera de Praga”. Aunque más “ortodoxos” en lo que a la historia se refiere, también los diversos grupos maoístas que habían ocupado el espacio de su izquierda, también eran arrastrados por esta misma crisis. Una crisis que acabaría desarbolando todo el entramado “comunista” erigido entorno al “modelo soviético” creado por Stalin.

Se puede decir pues que esta reconsideración se fue haciendo irreversible, y no precisamente porque el POUM hubiera recuperado parte de su importancia como sí lo harían otras formaciones obreras tradicionales, con el PCE-PSUC en primer lugar, al menos hasta 1977. La explicación de esta recuperación histórica hay que encontrarla pues en otro lado, concretamente en la persistencia de lo que podíamos llamar la “persistencia del espacio revolucionario” del movimiento obrero español en un ciclo que va desde la Iª República (y la creación de la AIT cuyo “fantasma” creció inusitadamente con las noticias de la comuna de París), hasta las jornadas de mayo de 1937. En el caso concreto de la crisis social de los años treinta, esta “persistencia” viene justificada por la decepción causada por la coalición republicano-socialista que hace girar las ilusiones democráticas-liberales de 1931 hacia las ilusiones democrático-socialistas de 1934. Ciertamente, los sublevados mentían sobre la inminencia de una “revolución comunista”, sobre todo por que la URSS y el PCE se habían situado a la derecha del movimiento obrero, pero no eso no significa que “la hydra” de la revolución no estuviese en el aire. También la derecha republicana (el gobierno de Frente Popular) temía la revolución, de ahí que no moviera un dedo para neutralizar una trama golpista sobre la que estaba bastante bien informado. La guerra tuvo lugar porque la respuesta obrera triunfó a medias. La República se quedó sin ejército (los leales fueron los primeros asesinados por los “patriotas”), y por lo tanto tuvieron que ser los trabajadores amados los que la defendieran. Lo que Pierre Vilar llama “las pintorescas” milicias, ra el pueblo en armas…No se trata de idealizar esta revolución, llegó hasta donde llegó: hasta la mitad, o sea fue una revolución por abajo que –por su predominio anarquista- no acertó en ofrecer una alternativa de poder, ni tampoco establecer la necesaria alternativa militar.

Es evidente que el POUM fue la víctima propiciatoria de la “repetición” que de los “procesos de Moscú”. Del proyecto de Stalin de aprovechar la ola prosoviética –crecida por los propios desafueros de las democracias liberales desprestigiada por su crisis económica, y por su contemporanización con el ascenso de los fascismos- para llevar a cabo su “solución final” de lo que llamaba “trotskismo”…Pero no es evidente que también lo fue del retroceso del proceso revolucionario que tuvo en las jornadas de mayo del 37 y en la liquidación de las “comunas” de Aragón, un cierre que fue al mismo tiempo el de toda una época. A pesar de todos los desastres sociales y humanos provocados por la Segunda Guerra Mundial, al final de esta ya no existían fuerzas socialistas de izquierdas, anarquistas o comunistas democráticas con las expectativas del período que siguió a la Primera.

El episodio del POUM forma parte de una historia social y revolucionaria más amplia que pugna por encontrar su lugar en lo que el creador de Ruedo Ibérico llamó la última batalla de la guerra: la de la memoria. Se trata de una tradición que implica a todo el movimiento obrero español de entonces, pero que también conecta con las inquietudes sociales y críticas del presente. De hecho, su recuperación es el producto largamente forjado de al menos tres factores determinantes. El primero fue lo que en uno de los capítulos que siguen llama el “combate por la historia”. Desde el miento momento en que el POUM comenzó a ser equiparado con la “Quinta Columna”, se produjo una ingente literatura en su defensa, defensa que lo ligaba con una interpretación de lo que habían sido 1917, la URSS, y la propia trayectoria del PCE, de la que era una rama desgajada, la rama antiestalinista y antiburocrática. Este “combate” siguió con especial persistencia en el exilio, y se confundió con el impulsado por Pierre Broué y otros. El segundo ha sido la continuación desde los años sesenta pero ya desde el ángulo de una historiografía mucho más elaborada que se confunde con la autocrítica de los comunistas en ruptura con el estalinismo. La tercera llega después del éxito de la película de Loach Tierra y Libertad, y se verifica por el interés creciente de las nuevas generaciones por este pequeño partido con muchos, muchos libros. Este interés se manifiesta de muchas maneras, pero quizás la más representativa sea –ironías de la historia- a través de la importancia obligada que le confieren sus adversarios.

Estos adversarios raramente utilizan los argumentos estalinistas, actualmente reservados a las sectas “marxistas-leninistas” más delirantes, y para las cuales Ramón Mercader es casi un héroe mítico; las mismas que interpretan la descomposición del “socialismo real” en base a una “conspiración” entre el imperialismo y la izquierda “anticomunista”, principalmente el “trotskismo”.

De hecho, en este punto nos volvemos a encontrar en un cierto laberinto desde el momento en que la historiografía franquista “clásica” se ha maridado con el neoliberalismo (la democracia liberal es la única alternativa, y cualquier tentativa de superación conlleva una recaída en el “totalitarismo”), ahora se llama impropiamente “revisionista”, y trata de justificar el franquismo en tanto que contrarrevolución preventiva frente a algo peor: el estalinismo. De esta manera pueden justificar por igual la intervención norteamericana en Vietnam (o Irak), y al franquismo como una precondición para la actual normalidad democrática (o sea sin perturbación social). Desde este punto de vista, el capítulo poumista les vale como demostración de la “maldad intrínseca del comunismo”…Esta es una historiografía a la medida de la “zona nacional” debidamente redituada en las coordenadas de lo que se ha llamado “pensamiento único”. De la otra parte se ha desarrollado una historiografía académica en consonancia con las exigencias de la Transición, y que defiende la República normalizada, o sea opone Negrín a Largo Caballero, y claro está, al caos revolucionario capaz de destruir pero no de construir. Este esquema resulta básicamente coincidente con el acoplamiento historicista del PCE. Se repudia la parte impresentable de la actuación estaliniana al tiempo que se elogia la política del VII Congreso de la Internacional Comunista. El POUM es juzgado por su desvarío revolucionario, y se revalorización como un subproducto de la “guerra fría cultural”.

Hasta aquí hemos llegado. A ningún historiador con un mínimo de seriedad se le ocurre cuestionarse que lo de Nin fue un crimen abominable, y que todo lo del proceso no fue más que una patraña. Pero a partir de ahí, se ofrece una resistencia. Cuando se habla de la República, ésta solamente podía ser la democrática-liberal. El movimiento obrero de entonces es –mediante una operación de determinismo retroactivo- equiparado al actual, ubicado en un espacio subalterno…Esa resistencia se manifiesta en diverso grado según qué autores. Así, todavía en 1986, un historiador de la categoría de Pierre Vilar en La guerra civil española (Crítica, Barcelona, 1986, p. 99), se refería a los acontecimientos de mayo de 1937 en Barcelona diciendo que “toda interpretación partidista habla de provocación”, así “para el POUM, proviene de Moscú, vía PSUC; para el PSUC, de Berlín, vía el POUM; para la CNT, de un complot catalanista de París; para Franco, de trece de sus agentes en Barcelona…”. Para Vilar la URSS de Stalin era ante todo el contrapunto del imperialismo, y por lo tanto estaba fuera de cuestión.

No es muy diferente la óptica de Herbert R. Southwoorth, autor de un trabajo de gran prédica en los medios neoestalinianos, “El gran camuflaje”: Julián Gorkin, Burnett Bolloten y la guerra civil española, incluido en la edición de Paul Preston, La República asediada y conflictos internos durante la guerra civil (Barcelona, Ed. Península, 1999). Su tesis es que el enfoque de Bolloten es totalmente deudor del anticomunismo de Julián Gorkin, y que en consecuencia, al tratar de desvirtuar la idea de que España fue la primera batalla de la II Guerra Mundial “haciendo hincapié en el crecimiento y la influencia de los comunistas durante la contienda” lo que acaba estableciendo es “una denegación de cualquier justificación para una guerra a escala mundial contra los poderes fascistas” (p. 490)…

A nuestro parecer, resulta singular,

1) que el autor escoja a Bolloten como “representante” de unas tesis que –como hemos podido ver a lo largo de este mismo libro- cuenta con numerosos exponentes como registra –por citar un solo ejemplo- otro autor, Chris Ealham en “De la cima al abismo”: Las contradicciones entre el individualismo y el colectivismo en el anarquismo español, recogido en el mismo volumen;

2) que una cosa –la crítica de la actuación estalinista en España- conlleve “necesariamente” desmerecer la alianza antifascista, y que este mismo pecado no le perpetre por ejemplo el pacto nazi-soviético;

3) que se tome la evolución conservadora de Gorkin-Bolloten como sintomática de una aportación histórica como sí esta evolución fuese alguna exclusiva y obligara “necesariamente” a una visión unilateral de la historia cuando –como lo prueba la propia crítica-, Southwoorth ofrece una visión tendenciosa que subraya las concordancias con la II Guerra Mundial en detrimento de las peculiaridades del español que prolonga hasta 1937 el ciclo iniciado en 1917…

4) Que se ciña en las inexactitudes del relato anticomunista de Bolloten-Gorkin, y pase de largo de la historiografía estaliniana, de obras como Guerra y revolución en España, editada en 1967 y en la que colaboró especialmente un “historiador” llamado Ramón Mercader…

Peculiaridades no solamente derivadas de su intensidad social –a la que, por cierto, tampoco estuvo ajena la guerra mundial-, sino también del dato no menor de que en esta caso el eje actuó mientras que los gobiernos de los futuros Aliados (Gran Bretaña, Francia, USA), fueron más bien cómplices de Franco que amigos de la República. Tesis en la que abunda en gran medida alguien tan poco sospechoso de izquierdismo irresponsable como Enrique Moradiello en otro trabajo El general apacible. La imagen oficial británica del general Franco durante la guerra civil, incluido igualmente en la edición de Preston.

Otra muy apreciada –al menos parcialmente- en los medios neoestalinianos es la de Morten Heiberg y Manuel Ros Agudo, La trama oculta de la guerra civil. Los servicios secretos de Franco, 1936-1945 (Crítica, Barcelona, 2006), quienes dicen no querer entrar en el debate Southwoorth-Bolloten (p. 132), En relación a los acontecimientos de mayo del 37 escriben después de citar a José Díaz acusando “a los militantes del POUM de fascistas disfrazados que hablaban de revolución para propagar el desorden” que “incluso Bowers, el embajador norteamericano en España, encontró convincente esta tesis. En sus memorias escribía que `la crisis había sido provocada por los anarquistas y el POUM…en general se cree que muchos de ellos eran agentes de Franco´” (p. 134). Curiosamente, también el embajador de Rooselvelt en Moscú certificó con entusiasmo que Stalin realizó los “procesos de Moscú” para liberarse de la “quinta columna”.

Esto no tiene mayor validez que la de representar el punto de vista de las embajadas estadounidense que temían a la revolución más que al fascismo. Sin embargo, a los autores les sirve para crear un “clima” ambivalente en el que pueden situar una información según la cual “la Quinta Colma de Barcelona (hiciera) una oferta a elementos del POUM en la Ciudad Condal, que se manifestaban dispuestos a asesinar al presidente del Gobierno socialista, Juan Negrín, y al ministro de Asuntos Exteriores, Álvarez del Vayo, a cambio dinero y pasaportes para establecerse fuera de España”, concretamente a los Estados Unidos. Heiberg-Ros Agudo ofrecen otra de arena considerando que el acuerdo que dan por hecho pero de cuyo curso no se tienen noticias, “fue el resultado lógico de las crueles purgas de las que había sido víctima el POUM a lo largo de todo aquel año y que lo habían hecho salir del Gobierno de la República” (p. 142). Extraño juego de datos difusos (“¿”elementos del POUM”?), que no llegan a ninguna parte, que se justifican porque el POUM fue sacado “del Gobierno de la República”, y que sin embargo, han sido más que suficiente para que algunos historiadores lo citen sin mayor consideración. No hay que tener títulos académicos para saber que una información de ese tipo (de una Quinta Columna obligada a realzar su faena) sirva sin otra constatación, y no digamos ya que se utilice como “prueba” de acusaciones que ya habían sido vertidas en el curso del proceso.

Detalles como estos resultan muy comunes en la historiografía académica cuyo culto por el rigor y por el dato no les impide interpretar todas las fuentes en sentido opuesto a la revolución, y del POUM, todo con el propósito de justificar la fase Negrín como la culminación de la razón democrática. No es este el espacio para entrar en mayor polémica, pero me gustaría citar un ejemplo del que Ángel Viñas en El escudo de la República se hace eco de unas líneas extraídas de Queridos camaradas, una obra de Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo en la que el capítulo del proceso en el que los datos resultan suspendidos en aras de una interpretación similar a la que se podría hacer, pongamos por caso, desde un editorial de El País.

Todo esto forma parte de un debate que acompañó (y amargó en no poca medida) el exilo, que se reavivó desde los años sesenta en la resistencia interior, y que desde entonces –con el paréntesis reaccionario de la rasuración neoliberal de los ochenta y mitad de los noventa del siglo pasado- no ha dejado de manifestase. De hecho este libro es eso, una manifestación más.

Per baixar-te la coberta del llibre fes clic en aquest enllaç:

PDF - 1.6 MB

contacte revolta global contacte  |  contacte amb el webmaster webmaster  |  Seguir la vida del sitio RSS 2.0  |  tornar a dalt inici