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Isaac Deutscher y la historia perdida de las relaciones internacionales

Justin Rosenberg

dilluns 8 d'agost de 2005

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Quiero agradecer al Comité Deutscher el gran honor de este premio/1.

El Premio Isaac y Tamara Deutscher es una institución única, de gran valor, sobre todo porque preserva la herencia del propio Deutscher. Isaac Deutscher no fue un marxista más, sino uno de los más elocuentes entre aquellos que mantuvieron vivo el espíritu crítico de los clásicos del marxismo en una época en la que ese espíritu era ahogado por partida doble durante la Guerra Fría. Pero Deutscher, además, lo hizo con un estilo personal y político único. Y por eso, esta ceremonia anual, al recordarle, nos da también la oportunidad de reafirmar, con la misma confianza que él tenía, la fuerza del marxismo para interpretar el mundo contemporáneo. Esta noche me gustaría referirme a mi propia especialidad académica –la Teoría de las Relaciones Internacionales– para la que la herencia de Deutscher reviste una especial importancia.

Hay algo peculiar en la teoría de las relaciones internacionales en cuanto rama del conocimiento. Durante toda su existencia, la reflexión sistemática sobre la naturaleza de las relaciones entre Estados no parece haber producido grandes libros ni haber sido fuente de inspiración para los clásicos de la política y la historia. En términos morales, parece haber sido incapaz de elevarse hasta una concepción progresista y positiva de la existencia humana. Y como campo de trabajo teórico, ha demostrado una y otra vez ser un callejón sin salida intelectual. En resumen, como conjunto de textos "la teoría internacional se caracteriza no sólo por su insuficiencia sino también por su pobreza intelectual y moral"2.

No se trata de las amargas consideraciones de un disidente sino de uno de los más celebrados exponentes de la disciplina, Martin Wight. Escribiendo a finales de los 50, Wight llegó a la conclusión de que, después de cuatro siglos de existencia del sistema de Estados, todavía había lo que describió como "un vacío de la teoría internacional"3, un vacío que contrastaba fuertemente con la riqueza de la teoría política interna del Estado desarrollada en ese período.

¿La inevitable pobreza de las relaciones internacionales?

¿Cómo se ha llegado a semejante situación? Wight tenía su propia explicación. Creía que era la consecuencia no de la incapacidad de los distintos autores sino de la propia naturaleza del objeto de estudio. Haciendo una famosa distinción, afirmó que "la teoría política y el derecho tratan de la buena vida, mientras que la teoría de las relaciones internacionales se concentra en la supervivencia"4. Quería decir que, dentro de sus fronteras nacionales, una sociedad tenía cierta capacidad para decidir libremente su propia vía de desarrollo: una elección que la teoría política de la buena vida podía ayudar a hacer. Pero más allá de esas fronteras, en su relación con otras sociedades, la necesidad de sobrevivir en un medio potencialmente hostil impone sus propios imperativos, que finalmente desbordan los requerimientos morales de cualquier teoría política. ¿Cuáles son entonces esos imperativos, que determinan la conducta de los Estados y de dónde provienen? La respuesta de Wight es un eco de las premisas de todas las teorías ortodoxas de las relaciones internacionales: "en tanto no haya un gobierno internacional, las potencias se preocuparán esencialmente de su supervivencia, buscarán establecer algún tipo de equilibrio de poderes entre ellas"5.

Y es esta necesaria búsqueda del equilibrio de poderes la que produce tanto la ausencia de opciones morales como la drástica simplificación de la conducta de los Estados. Porque, como dice Wight, la política internacional es por consecuencia "el campo de la recurrencia y la repetición; el terreno en el que la acción política es necesariamente más regular". Con todo, si el equilibrio de poderes fuese "la pieza clave de las relaciones internacionales" sería también, en la práctica, la causa última de "un cierto carácter recalcitrante de las relaciones internacionales aún por teorizar"6. La pobreza intelectual y moral de la teoría internacional sería, por lo tanto, una pobreza irremediable y necesaria.

¿Es, entonces, así? ¿Debemos desechar cualquier esperanza de que nadie escriba una gran obra de teoría internacional? Quienes nos dedicamos a esta especialidad necesitamos, creo, seguir recordándonos qué final tan curioso sería éste para nuestra materia de estudio. Si, como defiende Wight, la teoría internacional sufre de pobre imaginación ¿puede ser consecuencia de su propia temática?

Después de todo, el extraordinario drama de la modernidad se despliega en toda su dimensión a nivel internacional. Es a este nivel, y sólo en él, como podemos observar el proceso de transformación capitalista de la humanidad como un todo: el ascenso de Occidente, la absorción del mundo no europeo, la globalización del sistema de Estados soberanos y del mercado mundial, y las poderosas guerras mundiales y luchas revolucionarias que este desarrollo ha implicado. ¿Cómo es posible que una disciplina que, en este sentido, tiene como propio el ámbito de la historia mundial no sea capaz de estar a su altura?

La historia perdida de las relaciones internacionales Confrontados al carácter épico de su objeto de estudio, creo que es necesario preguntarse si la causa del estancamiento de la teoría internacional no reside en otra cosa. ¿Y si Martin Wight hubiera planteado el problema al revés? ¿Qué pasaría si el problema no fuese el objeto de estudio sino el paradigma intelectual en el que se ha desarrollado la propia disciplina, las ideas con las que intenta abordar lo que Deutscher llamaba el "resuelto caos del mundo"?7Sobre todo, tendríamos que preguntarnos si la centralidad intelectual del propio equilibrio de poderes –que para Wight era simplemente el resultado de una realidad brutal– no habrá sido la causa principal del subdesarrollo teórico de la teoría internacional. Es esta tesis y, más importante aún, la posibilidad de un paradigma alternativo, lo que intento explorar.

Las debilidades de la teoría del equilibrio de poderes son conocidas Para mi propósito, sin embargo, es posible ilustrar la más importante de ellas preguntándonos cómo un hombre con el profundo e impresionante sentido histórico de Wight pudo, a pesar de ellos, escribir que, sea la política internacional del siglo XVI o del XX, siempre nos encontramos con "el mismo viejo melodrama" del equilibrio de poderes. En esta frase, llena de hastío del mundo, el sentido de la Historia –no la acumulación de fechas y hechos, sino la creación y reconstrucción del mundo humano– se desvanece. Y la más dramática de todas las historias, la que produjo el sistema internacional moderno en el que vivimos, la historia real de las relaciones internacionales, se pierde dejando el "vacío de la teoría internacional".

Muchas cosas han cambiado en estos treinta años desde que Martin Wight expresó así su resignación intelectual, y sus conclusiones han sido puestas en entredicho desde los más variados puntos de vista. Pero lo que no creo que haya materializado todavía es una reinterpretación teórica global, la gran visión alternativa a la idea del equilibrio de poderes, que pueda reorientar fundamentalmente la teoría internacional, no añadiendo una crítica más al equilibrio de poderes, sino sustituyéndolo como paradigma de la disciplina.

Lo que nos lleva a la gran pregunta: ¿puede existir ese marco teórico alternativo? ¿Uno que tenga la misma simplicidad intuitiva que el equilibrio de poderes, pero que nos permita finalmente recuperar la historia perdida de las relaciones internacionales, rompiendo con la vieja teoría que sólo nos muestra una continua lucha por el poder sin sentido y vacía? Creo que es posible. De hecho, defenderé que ese paradigma ya existe, y que Isaac Deutscher jugó un papel importante en su desarrollo. El marco teórico al que me estoy refiriendo ha sido llamado "desarrollo desigual y combinado"8. Está asociado, sobre todo, con los escritos de León Trotsky. Y quiero utilizar el resto del tiempo que me queda a explicar porqué creo que es la clave para recuperar la historia perdida de la relaciones internacionales.

Como todos los grandes avances intelectuales, la teoría del desarrollo desigual y combinado tiene una simplicidad retrospectiva que hace a uno preguntarse porqué no fue formulada antes. Su punto de partida es la sencilla observación empírica de que el mundo histórico del capitalismo no apareció simultáneamente en todos los sitios a partir de las mismas condiciones sociales y culturales. Por el contrario, apareció primero en la esquina noroccidental de Europa y se extendió a un mundo circundante de muchas culturas y sociedades preexistentes. Por ello, es imposible hablar del desarrollo mundial del capitalismo hoy sin presuponer una historia internacional de expansión e incorporaciones.

Un mundo a imagen del capital

Esta expansión global del capitalismo fue anticipada por Marx y Engels en El Manifiesto Comunista. Pero la imagen presentada no fue tanto internacional como transnacional. En esta imagen, el capitalismo se extendería de un país a otro como el fuego en la pradera, llevándose por delante cuantas culturas se cruzasen a su paso y reduciendo todas las sociedades a la misma contradicción básica entre burguesía y proletariado. El hecho de que el mundo estuviese dividido en comunidades políticas separadas no afectaba materialmente la textura del proceso histórico: las barreras que separaban a las comunidades serían derruidas por la artillería pesada de las mercancías baratas, y todas las sociedades preexistentes, cualquiera que fuese su carácter, se disolverían. El capital crearía un mundo a su propia imagen.

Las cosas no sucedieron, sin embargo, de esta manera. De hecho, lo que Trotsky vio medio siglo más tarde, sobre todo cuando miró hacia su nativa Rusia, fue que aunque los países fuera de Europa Occidental eran sin duda absorbidos en el proceso de desarrollo capitalista, no seguían a pesar de ello la vía clásica de la modernidad que supuestamente habían recorrido antes Inglaterra y Francia. De alguna manera, el capital no estaba creando un mundo a su propia imagen.

La razón de ello residía en parte en la desigualdad histórica de los desarrollos sociales humanos existentes: el mundo conquistado por los europeos se componía de muchas diferentes sociedades, desde las tribus neolíticas de América del Norte, a los antiguos imperios del Este que habían tenido durante siglos un desarrollo material más avanzado que Europa. Esto significaba que el desarrollo capitalista mundial se iniciaría desde muchos puntos de partida distintos y que en cada caso encontraría obstáculos culturales diferentes que tendría que superar. Y ello se aplicaba en algunos aspectos tanto dentro de Europa como fuera de ella. pero no se trataba sólo de puntos de partida diferentes. Trotsky vio que estas sociedades, incluso cuando eran incorporadas al sistema internacional, no seguían una vía que las hiciera converger en un futuro destino común de democracia liberal avanzada. Había algo en la manera en la que el capitalismo se estaba expandiendo que hacía que se orientasen en una dirección muy diferente. Fue justo en este punto en el que Trotsky hizo su gran aportación teórica. Y lo hizo reintroduciendo en este proceso histórico, precisamente, su dimensión específicamente internacional. La clave, defendió, era simplemente que el desarrollo de las sociedades atrasadas tenía lugar bajo la presión del mercado mundial existente y dominado por las grandes potencias capitalistas. Este simple hecho tenía consecuencias paradójicas.

De una parte, significa que tanto la tecnología como el capital están disponibles internacionalmente, de manera que las sociedades que inician más tarde su desarrollo no tienen que volver a recorrer todo el lento proceso de acumulación de conocimientos científicos y de capitales seguido por sus predecesores. Trotsky pudo observar cómo Alemania, en parte gracias a esta posibilidad de saltarse etapas tecnológicas, estaba superando económicamente a Inglaterra. De otra parte, este mismo "privilegio del atraso histórico"9, como le llamó, implicaba un coste –potencialmente muy alto– por las peculiares contorsiones que sufría la estructura social. En el caso de la Rusia zarista, la orquestación estatal de la industrialización había producido la aparición en las principales ciudades de una clase obrera altamente concentrada y en crecimiento. Pero precisamente por el papel central del Estado y el predominio del capital extranjero, no se había desarrollado una burguesía nacional políticamente segura de sí misma. Ello implicaba que los conflictos sociales tendían a transformarse directamente en conflictos políticos, provocando una respuesta cada vez más represiva del Estado y que el supuesto agente histórico de la liberalización, la burguesía, era tan pequeña e insegura que se refugiaba cada vez más en los brazos del Estado autocrático como único garante de la propiedad privada y el orden.

Mientras tanto, sin embargo, la inmensa mayoría de la población –el campesinado– permanecía formalmente fuera de este proceso urbano. Fuera, pero de ninguna manera protegido de sus consecuencias, porque el creciente endeudamiento internacional del Estado le obligaba a ejercer una presión fiscal sobre el campesinado cada vez más pesada, hasta convertirlo en "un contribuyente de los mercados de valores del mundo"10. A su vez, ese mundo exterior tenía ahora un interés material en la supervivencia del arcaico Estado zarista, que era el único garante del pago de sus créditos, más aún cuando la oposición interna en Rusia adoptaba formas políticas cada vez más radicales.

La fusión inestable de lo viejo y lo nuevo

¿Qué diablos estaba ocurriendo? ¿Se trataba de un Estado capitalista o seguía siendo pre-capitalista? La respuesta de Trotsky fue que ni lo uno ni lo otro. Las presiones internacionales del desarrollo desigual empujaban a Rusia por una vía de desarrollo combinada, a una fusión de lo viejo y lo nuevo, a una amalgama inestable de elementos occidentales y rusos con sus propias tendencias peculiares de desarrollo. Y cuanto más se integrase Rusia externamente en el sistema internacional de esta manera, más se retorcería su estructura social interna hasta hacer imposible cualquier desarrollo parecido al de los Estados liberales de Europa Occidental. Ello llevó a Trotsky a su famosa afirmación: "Inglaterra en su día revelaba el futuro de Francia, mucho menos el de Alemania y absolutamente nada del de Rusia o India"11.

Las coordenadas sociológicas de Rusia, interpretadas a la luz del desarrollo capitalista de Inglaterra, eran completamente incomprensibles. Este era precisamente el argumento de Trotsky; analizarlas desde ese punto de vista era suprimir el proceso internacional de desarrollo desigual y combinado que configuraba su matriz histórica real. Y Rusia, por supuesto, no era un caso aislado. Como por definición casi todos los países, menos Gran Bretaña, compartían esta condición de atraso relativo, el desarrollo combinado no sería una excepción, sino más bien la norma. Una vez que se reconoce este aspecto, todos los modelos de desarrollo social unilineales necesariamente fallan por su esquematismo. La importancia, central de las relaciones internacionales a la hora de comprender cada una de las vías nacionales de desarrollo es evidente. Y la trama social del sistema nacional queda, finalmente, al descubierto.

Permítaseme explicar qué quiero decir señalando tres implicaciones para la teoría internacional. La primera, como hemos visto, es que el capital ha creado un mundo, pero no homogéneo a imagen y semejanza de las sociedades capitalistas situadas en su centro. Para comprender porqué es así, tenemos que entender el peculiar mecanismo internacional de expansión capitalista que, incluso cuando incorpora otras sociedades, se fusiona con ellas en combinaciones impredecibles. De ello se desprende que, si queremos comprender qué es el sistema internacional hoy, no podemos comenzar construyendo un modelo lógico de Estados homogéneos, porque la variedad de formas políticas es simplemente demasiado grande. Debemos, por el contrario, empezar con un análisis histórico que reconstruya el desarrollo desigual y combinado internacional del capitalismo, que ha producido un mundo con Estados tan diferentes y distintos.

Pero, en segundo lugar, la necesidad de este tipo de análisis nos arrastrará más allá de la estructura política del sistema de Estados y nos obligará a visualizar lo que Trotsky llamó "la estructura social de la humanidad". La frase suena bastante abstracta, pero Trotsky quería expresar con ella algo muy concreto: la interrelación real de todas estas diferentes sociedades, en virtud de la cual constituyen un todo dinámico más amplio; la contradictoria, pero irreversible, unidad del desarrollo social humano creada por la expansión del mercado mundial. Y todas las tensiones y conflictos originados por este desarrollo geopolíticamente combinado y sociológicamente desigual del sistema internacional. Dentro de esta totalidad, el sistema de Estados es crucial, pero en ningún caso independiente. Por el contrario, es en parte su posición histórica y geográfica dentro de esta estructura social de la humanidad la que explica porqué el Estado en Inglaterra, Alemania y Rusia adoptó formas políticas tan distintas.

Más aún, es esta misma estructura social de la humanidad en su conjunto la que las grandes potencias se ven obligadas a gestionar geopolíticamente para defender sus propios intereses. Porque si la penetración del capitalismo en Rusia distorsionó la sociedad rusa, por la misma razón, incorporó esa distorsión social en la estructura política del mercado mundial. "Vemos así –escribió Trotsky en 1906– cómo la burguesía internacional ha hecho la estabilidad de su sistema de Estados profundamente dependiente de los inestables baluartes pre-capitalistas de la reacción12. El desarrollo desigual y combinado del capitalismo se expresa por tanto a un nivel interestatal como un problema de orden geopolítico.

La tercera implicación es ¿cuál será la contribución de la teoría internacional a las ciencias sociales? Creo que la de ver este proceso como un todo dinámico, la de mostrar cómo el destino del sistema internacional refleja y organiza al nivel de la política internacional, el desarrollo desigual y combinado del capitalismo que es su substancia real y la característica central y definitoria de la historia mundial moderna. De esta manera podemos rellenar el vacío de la teoría internacional, de la que hablaba Martin Wight, con la sociología histórica mundial de la modernidad. Y al hacerlo, hemos encontrado al mismo tiempo la pista para recuperar la historia de las relaciones internacionales.

Permítaseme exponer el hilo de mi razonamiento. A primera vista, el curso de los acontecimientos históricos del siglo XX parece diverger dramáticamente de cualquier interpretación marxista. En concreto, las revoluciones socialistas que habían sido pronosticadas en el centro industrializado del capitalismo nunca han tenido lugar. Por el contrario, sucedieron en la periferia campesina. El socialismo terminó siendo no el reino de la libertad humana, sino la tiranía de un autoritarismo brutal, uno más de ésos despotismos que han desafiado al mundo liberal civilizado e intentado destruir el equilibrio de poderes. Lejos de ser el sucesor histórico del capitalismo, el socialismo fue derrotado por él en la Guerra Fría, probando que no existe una forma de sociedad más elevada que el capitalismo liberal. Marx ha sido así refutado definitivamente por el acontecer histórico.

No solamente no estoy de acuerdo con esta conclusión sino que creo que se basa en una interpretación fundamentalmente equivocada de lo que ha ocurrido en el siglo XX. Y de la misma manera que la aparentemente anómala vía de desarrollo rusa bajo el zarismo empieza a tener sentido en cuanto que se comprende el carácter desigual y combinado de su expansión capitalista, algo similar hay que hacer aquí. La política internacional del siglo XX, lejos de refutar a Marx, ha supuesto una enorme tragedia humana que sólo es comprensible si reconocemos en ella la forma desigual y combinada del desarrollo capitalista mundial. Es esta tragedia del desarrollo capitalista mundial la que encierra la historia perdida de las relaciones internacionales.

Para ver cómo ello es posible, debemos comenzar por retroceder hasta el acontecimiento histórico que la teoría de Trotsky intentó explicar en su momento, o mejor dicho, predecir: la propia Revolución Bolchevique. Debemos comenzar volviendo a situar este acontecimiento en su contexto, viéndolo, como lo hizo Isaac Deutscher, no como un rayo cegador que surgió directamente de las obras de Marx para ir a caer sobre el terreno yermo de la historia, sino como el resultado de la expansión internacional del capitalismo que produjo la retorcida especificidad del zarismo y la coyuntura internacional de la I Guerra Mundial. Debemos recordar que, de acuerdo con esta teoría, lo que de verdad hizo a Rusia el eslabón débil de la cadena de los Estados europeos –su relativo atraso y los efectos contradictorios del desarrollo combinado– hacía imposible al mismo tiempo la construcción del socialismo en ese país. Después de todo, el socialismo no es una utopía etérea a la que se puede llegar desde no importa qué punto de partida, simplemente por un ejercicio de voluntad política. Todo el proyecto de Marx consistió en dar una base sociológica a ese ideal, identificando los vectores de transformación entre las características especificas del capitalismo avanzado.

El zarismo podía dar lugar a insurrecciones, incluso revoluciones, pero no al socialismo. Cualquier intento de ir más allá chocaría inmediatamente con el peso político del campesinado, que podía ser movilizado para derrocar al zarismo, pero que se resistiría a su propia disolución a través de la colectivización y la industrialización.

La revolución estrangulada

En otras palabras, la llamada "crisis de las tijeras" de finales de los años 20 –en la que se profundizó el antagonismo existente entre la ciudad y el campo, y cuya intensidad acabó desencadenando lo que más tarde se llamaría stalinismo– no fue un acontecimiento imprevisto que cayó del cielo. Su inevitabilidad –o algo parecido– estaba escrita claramente en las coordinadas estructurales y la sociología política de la misma revolución y fue claramente prevista y explicada en la Teoría de la Revolución Permanente de Trotsky. Digo "prevista", porque los dirigentes bolcheviques vieron esta contradicción y pusieron todas sus esperanzas en la revolución alemana, que debería rescatarles antes de que los imperativos políticos del atraso histórico estrangulasen la revolución rusa desde dentro. Como lo resumió Lenin: "En cualquier caso, en cualquier circunstancia concebible, si la revolución alemana no tiene lugar, estamos condenados’’13. No tuvo lugar, y pasó lo que pasó. Ésa es, seguramente, la primera cosa que debemos decir sobre el significado histórico del stalinismo. Por eso, cuando Deutscher describe el stalinismo como "la amalgama del marxismo con el atraso primordial y salvaje de Rusia"14, no se trata simplemente de una consigna política. Era una precondición intelectual básica para comprender lo que la URSS fue y en lo que se convirtió.

Las ondas de choque político generadas por la Revolución Bolchevique viajaron lejos y a lo ancho. Resonaron especialmente en el torbellino que arrastró a Europa Central y Oriental en los años que siguieron a la I Guerra Mundial. Pero lo que magnificó la intensidad de su impacto no fue sólo la proximidad geográfica de estos países al poder soviético. Fue también su similitud estructural derivada de experiencias paralelas de desarrollo combinado que hacían a estas sociedades mucho más sensibles y vulnerables al efecto desestabilizador de la Revolución Bolchevique. Y en este contexto, es posible comenzar a apreciar, sobre todo, la grave condición única de Alemania en el periodo de entreguerras: pillada en medio de las victoriosas potencias liberales al Oeste y el terremoto que estaba estremeciendo desde sus cimientos al Este.

Una sociedad cuya propia trama particular de desarrollo combinado había cristalizado en una definición aristocrática y militar del Estado fuerte y en una burguesía políticamente débil; una sociedad cuya aplazada transición política a una república liberal tuvo lugar después de la I Guerra Mundial en condiciones de humillación nacional y fuerte activismo de la clase obrera. Es bajo estas condiciones de desarrollo combinado, en medio de una gravísima crisis, como empezamos a percibir claramente la confluencia de un nacionalismo hipertrofiado, la histeria anticomunista y el revanchismo militarista que finalmente encontrarían su expresión en el monstruo del Nazismo.

En un libro dedicado a la memoria de Isaac Déutscher, el escritor norteamericano David Horowitz desarrolla este punto en una interpretación alternativa del significado global de la II Guerra Mundial15 Horowitz se inspiró directamente en el clásico estudio de Barrington Moore de las seis diferentes vías históricas de tránsito desde las sociedades agrarias hasta la emergencia del Estado moderno16. Moore había defendido que la emergencia de las sociedades modernas era un proceso inevitablemente violento porque no podía tener lugar sin el desenraizamiento forzado y la disolución del campesinado. Lo que demostraban sus casos-tipo era que, en todos ellos, el tipo de alianza forjada entre las viejas y las nuevas clases para gestionar este trauma era lo que acababa decidiendo si el Estado moderno emergente sería democrático o autoritario.

Tres formas de un mismo proceso

Resulta curioso que la forma política de los principales estados en la II Guerra Mundial –liberalismo, fascismo y stalinismo– representase tres diferentes resultados del proceso histórico de modernización capitalista. Lo que Horowitz aporta al análisis de Moore es comprender que, a pesar de sus diferencias, no se trataba de experiencias históricas separadas. Por el contrario, sólo situándolas en el proceso global de desarrollo desigual y combinado podemos de verdad entender lo que fueron el fascismo y el stalinismo. Si esto es así, entonces el propio significado de la II Guerra Mundial no puede limitarse a un conflicto interestatal sobre el equilibrio de poderes ni al enfrentamiento entre Estados de distinta ideología. Por el contrario, hay que verla como la lucha por definir la naturaleza del sistema internacional de tres formas de Estado antagónicas, todas ellas surgidas en el mismo proceso de desarrollo capitalista mundial. En este sentido, la guerra sirvió para simplificar las contradicciones políticas acumuladas por el proceso de desarrollo capitalista mundial en la estructura, social de la humanidad: una simplificación que costó 50 millones de vidas humanas. En cualquier caso, una simplificación parcial. Aunque el fascismo fue destruido, la Unión Soviética salió fortalecida del conflicto. Fue la supervivencia de esta segunda forma antagónica de desarrollo combinado lo que explica porqué la II Guerra Mundial fue inmediatamente seguida de la Guerra Fría. No porque el mundo capitalista se enfrentase ahora a la amenaza externa de la expansión del socialismo; verlo en estos términos es aceptar ingenuamente la autodefinición ideológica de los halcones de la Guerra Fría.

Se tiene una visión mucho más exacta de lo que ocurrió si se recuerda que, más allá de la conquista militar de Europa del Este, la expansión soviética tuvo lugar en el mundo subdesarrollado tras la descolonización. La creación de más de cien nuevos Estados en un periodo de treinta años no sólo aumentó la complejidad matemática del equilibrio de poderes. También generalizó en grandes zonas del planeta, y en cien maneras diferentes, las condiciones clásicas del desarrollo combinado: la existencia de Estados independientes inmersos en la dinámica imperativa de un desarrollo desencadenado por su incorporación al mercado mundial y el sistema de Estados internacional, pero sustentados internamente por la inestable amalgama de elementos capitalistas y precapitalistas en sus sociedades, con una tendencia a adoptar formas políticas cada vez más autoritarias.

La descolonización substituyó un mundo insostenible de imperios europeos por un sistema de Estados lleno de potenciales semi-zarismos, que podían explotar y arrastrar a otros como ellos en una nueva vía de desarrollo combinado. Igual que en aquellos Estados en los que las relaciones capitalistas son débiles y la burguesía se refugia detrás de Estados autoritarios, a nivel internacional las potencia; liberales dominantes terminan apoyando a los dictadores en nombre del orden. El desafío de la política exterior de posguerra de EE UU era mantener políticamente unido al mercado mundial en un momento en el que la desigual, pero rápida, transformación capitalista de las sociedades del Tercer Mundo amenazaba con empujar a muchas de ellas en brazos de la URSS. De hecho, cuando analizamos la ocupación militar de las derrotadas potencias fascistas, la confrontación bipolar con la URSS, o sus relaciones con los estados del Tercer Mundo, descubrimos que el principal contenido social de la política exterior de posguerra de EE UU no fue poner orden en la anarquía, o defender la democracia o incluso perseguir sus propios intereses económicos: fue la gestión geopolítica del desarrollo combinado y sus consecuencias a escala mundial.

Trotsky predijo esta coyuntura internacional de hegemonía norteamericana, 1a orientación geopolítica de la política exterior de EE UU y su paradójica fusión de autoafirmación e involuntaria implicación exterior. "Es precisamente –escribió en 1928– el poder internacional de EE UU y la irresistible expansión a la que le obliga, lo que le fuerza a incluir entre las piezas de su estructura los polvorines de todo el mundo: cada uno de los antagonismos entre el Este y Occidente, la lucha de clases en la vieja Europa, la revuelta de las masas coloniales y todas las guerras y revoluciones... haciendo que esté constantemente más interesado en mantener el orden en cada una de las esquinas del globo…"17.

Le tocó a Isaac Deutscher presenciar cómo esta predicción se cumplía y ser testigo de cómo alcanzaba un sangriento clímax en las junglas de Vietnam. Fue Deutscher quien analizó desde su puesto de observación como periodista y ensayista, la política internacional contemporánea como la historia inacabada del desarrollo desigual y combinado.

Las manchas de sangre del capitalismo liberal

Y esa es la razón por la que seguimos recordando a Deutscher. Su perspectiva sigue siendo la clave para encontrar la historia perdida de las relaciones internacionales de nuestro siglo. El elemento esencial de esa historia no es simplemente la defensa del equilibrio de poderes contra los intentos de constituir imperios mundiales: esa visión no es capaz de decirnos casi nada del porqué de esos conflictos o cómo surgieron sus principales participantes, todos ellos nuevas formas de Estado. Tampoco su moraleja es el triunfo del liberalismo sobre sus competidores externos totalitarios. Porque, como hemos visto, ni el stalinismo ni el fascismo en sus muchas variantes fueron en realidad externos al proceso histórico mundial de desarrollo capitalista. Por el contrario, sólo si se explora el cómo emergieron de este proceso caótico podremos comprender lo que en realidad fueron. Ni es, finalmente, como nos ha dicho Francis Fukuyama, la derrota final del socialismo a manos del capitalismo, cerrando definitivamente el futuro y dando por finalizada la Historia, en el sentido de la Ilustración. Verlo de esta manera es aceptar, de hecho, la autodefinición ideológica del stalinismo. La verdad de esta historia –la historia perdida de las relaciones internacionales– es la tragedia del desarrollo desigual y combinado del capitalismo internacional, un desarrollo que produjo en su propio desenvolvimiento las tortuosas formas políticas que el liberalismo tuvo que enfrentar como sus competidores militares. El capitalismo liberal no puede, sin embargo, evadir su responsabilidad en este proceso. Porque han sido las potencias liberales dominantes las que desde un comienzo han estado al frente de este proceso histórico de desarrollo capitalista, quienes lo han dirigido geopolíticamente, las que más han hecho para empujarlo hacia adelante y las que más provecho han sacado de él. Actuando de esta manera, han cumplido su papel y ayudado -aunque de una manera inconsciente por el carácter desigual y combinado del proceso histórico- a que se hiciera realidad una vieja profecía de Marx, si bien en una escala que él mismo nunca pudo llegar a imaginar: "Si el dinero [...] llega a este mundo con una mancha de sangre congénita en una de sus mejillas, el capital lo hace respirando por cada poro, de la cabeza a los pies, sangre y mierda"18. Los desastrosos conflictos de la política internacional del siglo XX, a pesar de todas las apariencias, siguen siendo parte de esta llegada al mundo del capital: son la forma histórica que ha adoptado el desarrollo desigual y combinado internacional. ¿Dónde queda entonces la teoría del equilibrio de poderes? Me gustaría aclarar la naturaleza de mi razonamiento. La mano invisible del mercado no desapareció de la imaginación de los economistas como resultado de la teoría del valor de Marx. De una manera similar, las maquinaciones sobre el equilibrio de poderes han sido un elemento central de los acontecimientos a los que me he referido, y no van a desaparecer de las relaciones internacionales como consecuencia de la teoría del desarrollo desigual y combinado. La razón es que, a pesar de todo, ni la mano invisible ni el equilibrio de poderes son meras ficciones. Son metáforas de la forma peculiar e impersonal en la que actúa colectivamente la humanidad en el mundo histórico del capitalismo. El cuándo y el cómo desaparecerán dependerá, por lo tanto, de un proceso de transformación social y no de reformulaciones teóricas. Pero de la misma manera que las teorías económicas que daban por sentado la mano invisible nunca pudieron descubrir las bases sociales del capital, la teoría internacional que se apoya acríticamente en el equilibrio de poderes nunca será capaz de explicarnos el contenido humano y social de la política mundial. Por el contrario, si aceptamos estas metáforas, si fundamos en ellas nuestras teorías sociales, precisamente porque reflejan nuestra causalidad histórica de una manera distorsionada, simplemente contribuiremos a completar la mitificación.

Esta es la razón por la que la teoría del equilibrio de poderes no debe seguir siendo la teoría articuladora y explicativa de las relaciones internacionales. Esta función se convierte, o mejor dicho ha sido siempre, no el fundamento de la disciplina sino su cárcel, encerrándola en una concepción empobrecedora de la realidad y condenándola a languidecer en el estado de debilidad intelectual y moral que Martin Wight testificó hace tantos años. Ha llegado el momento no de abandonar esta teoría, sino de desplazarla intelectualmente como eje central de la disciplina. En su lugar, necesitamos una concepción que incorpore la dimensión internacional de la historia del mundo moderno, pero que no lo haga abstrayendo lo internacional de su dinámica histórica y su contexto sociológico. Esto es, creo, lo que ofrece la idea marxista del desarrollo desigual y combinado al estudio de las relaciones internacionales.

El prisma del atraso

¿Qué ofrece, finalmente, al propio marxismo y a la presente generación en el incierto mundo de la pos-Guerra Fría? Permítaseme acabar con un recuerdo y una predicción. Hablando ante un grupo de estudiantes en el London School of Economics en 1965, Isaac Deutscher, hacia el final de su vida, intentó separar en las mentes de quienes le escuchaban el significado último de qué es el socialismo según la concepción marxista de la parodia vulgar a que lo había reducido temporalmente la tragedia de la experiencia soviética. Con gran elocuencia y claridad explicaba pacientemente –sin duda, por enésima vez– por qué una revolución en un país atrasado no puede por sí misma dar lugar a una sociedad socialista. Punto por punto fue señalando las distorsiones y la manipulación que el stalinismo había hecho del pensamiento marxista clásico para apropiarse de su herencia. Y analizó el impacto regresivo y paradójico que había tenido en el desarrollo intelectual y político del marxismo occidental. Entre otras cosas, la supresión de la teoría del desarrollo desigual y combinado que podía explicar desde un punto de vista histórico y sociológico, las distorsiones que el propio marxismo estaba sufriendo.

Me pregunto si aquella audiencia pudo comenzar a librarse de las monolíticas presunciones ideológicas que dominaron el mundo de la Guerra Fría en el que habían nacido. ¿Pudieron adivinar, como me pasó a mí treinta años más tarde cuando leí el texto de la conferencia, que existía una base teórica alternativa para comprender la historia del siglo XX, la auténtica sociología histórica de su desarrollo desigual y combinado que había estado todos estos años fuera del alcance tanto del liberalismo como del Stalinismo? Al final de su conferencia, Deutscher se refirió al futuro: "Ustedes, y la gente de su generación, deben esperar con ilusión el día en el que el marxismo no tendrá que ser ya el marxismo que nos ha tocado vivir: un marxismo proyectado a través del prisma distorsionador del atraso, de sociedades y civilizaciones atrasadas"19.

Esta época ha llegado. Sin duda no de la manera que Deutscher hubiera querido, porque nunca perdió la esperanza de que tanto la URSS como la China maoísta serían reformadas, convirtiéndose en democracias comunistas. Pero en cualquier caso, ha llegado. Y ésta es la situación en la que nos encontramos; le toca a la presente generación de socialistas encontrar, en palabras de Deutscher, el "marxismo de nuestro tiempo", de la misma manera que le corresponde a la presente generación de teóricos de las relaciones internacionales recuperar para nuestra comprensión del presente la historia mundial perdida del siglo XX. Si lo que he venido defendiendo hasta aquí tiene algún sentido, estas dos tareas están estrechamente unidas y la teoría del desarrollo desigual y combinado será en ambos casos, esencial. Por ello me permito predecir que el nombre de Isaac Deutscher, que defendió esta perspectiva en los años oscuros y maniqueos de la Guerra Fría, será especialmente recordado.

VIENTO SUR, Diciembre 1996


1Texto de la conferencia pronunciada al recibir el Premio Isaac Deutscher, el 21 de noviembre de 1995. Mi agradecimiento a Chris Boyle, Simon Bromley, George Elliott, Beate Jahn y Ellen Wood por su ayuda en la preparación de la misma.

2Wight, M., Why Is There No International Theory?, en Butterfield, H. y Wight, M., edit. Diplomatic Investigation, Londres 1966, p. 20.

3Wight, O.C., p.23.

4Wight, O.C., p.33.

5Wight, The Balance of Power, O.C., p.174. ’

6Wight, O.C., pp. 26, 21,33

7Deutscher, I., "The Ex-Communist’s Conscience”, en Marxism, Wars and Revolutions: Essays from Four Decades, Verso, Londres 1984, p. 58

8Marx, K., The Revolutions of 1848, Harmondsworth 1973, p.71

9Trotsky, L., The History of the Russian Revolution, New York 1980, p. 5.

10Trotsky, L. Results and Prospects, Londres 1962, p. 181

11 Trostky, L., The History of the Russian Revolution, vol. III, p. 378.

12 Trotsky, L., Resaults and Prospects, p. 240.

13 Citado por Horowitz, D. Empire and Revolution, Nueva York 1969, p. 13

14Deutscher, I. Unfinished Revolution, Londres 1967, p. 34

15Horowitz, D., O.C.

16Moore, B. Social Origins of Dictatorship and Democracy, Harmondsworth 1967

17Trotsky, L. The Third International After Lenin, New York. 1970, p. 8

18Marx, K., Capital, vol. I, Harmondsworth 1976, pp. 925-6.

19Deutscher, I. “Trotsky, Marxism in our Time”, Marxism, Wars and Revolution, p. 254


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