octubre de 2006
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Por Michael Löwy y Frei Betto
Proponemos en estas páginas algunos temas posibles para el debate en torno de la cuestión: "Principios y valores de la nueva sociedad". No se trata de axiomas, sino de hipótesis de trabajo y sugestiones para la reflexión. Nosotros, los del Foro Social Mundial, creemos en ciertos valores que iluminan nuestro proyecto de transformación social e inspiran nuestra imagen de un nuevo mundo posible. Aquellos que se reúnen en Davos -banqueros, ejecutivos y jefes de Estado, que dirigen la globalización neoliberal (o globocolonización)- también defienden valores. No debemos subestimarlos, pues ellos creen en tres grandes valores y están dispuestos a luchar por todos los medios para salvaguardarlos -hasta la guerra, si fuera preciso. Tres importantes valores, contenidos en el corazón de la civilización capitalista occidental, en su forma actual. Los tres grandes valores del credo de Davos son: el dólar, el euro y el yen. Estos tres no dejan de tener sus contradicciones, pero juntos constituyen la escala de valores neoliberal globalizada.
La característica principal común de estos tres valores es su naturaleza estrictamente cuantitativa: no conocen el bien y el mal, lo justo y lo injusto. Conocen apenas cantidades, números, cifras: uno, cien, mil, un millón, un billón. Quien tiene un billón -de dólares, euros o yens- vale más que quien tiene sólo un millón, y mucho más que aquél que sólo tiene mil. Y obviamente, aquel que no tiene nada, o casi nada, nada vale en la escala de valores de Davos. Es como si no existiese. Está fuera del mercado y, por lo tanto, del mundo civilizado. Juntos, los tres valores constituyen una de las divinidades de la religión económica liberal: la Moneda o, como se decía en arameo, Mamon. Las otras dos divinidades son el Mercado y el Capital. Se trata de fetiches o ídolos, objetos de um culto fanático y exclusivo, intolerante y dogmático. Este fetichismo de la mercancía, según Marx; o esta idolatría del mercado -para utilizar la expresión de los teólogos de la liberación Hugo Assmann y Franz Hinkelammert- y del dinero y del capital, es un culto que tienen sus iglesias (las Bolsas de Valores); sus Santos Oficios (FMI, OMC etc.); y la persecución a los herejes (todos nosotros, los que creemos en otros valores). Se trata de ídolos que, como los dioses cananeos Moloch o Baal, exigen terribles sacrificios humanos: en el Tercer Mundo, las víctimas de los planos de ajuste estructural, hombres, mujeres y niños sacrificados en el altar del fetiche Mercado Mundial y del fetiche Deuda Externa. Un cuerpo impresionante de reglas canónicas y principios ortodoxos sirve para legitimar y santificar estos rituales sacrificiales. Un vasto clero de especialistas y gestores explica los dogmas del culto a las multitudes profanas, manteniendo las opiniones heréticas lejos de la esfera pública. Las reglas éticas de esta religión son las ya establecidas hace dos siglos por el teólogo económico Sir Adam Smith: que cada individuo busque, de la manera más implacable posible su interés egoísta, sin prestar atención a su prójimo, y la mano invisible del mercado cuidará del resto, trayendo armonía y prosperidad a toda la nación.
Esta civilización del dinero y del capital transforma todo en mercancía: la tierra, el agua, el aire, la vida, los sentimientos, las convicciones, que se venden al mejor precio. Hasta las personas se vuelven sumisas a la mercancía, pues subvierte la relación humanitaria persona-mercancía- persona. Visto esta camisa de algodón, que es una mercancía, para humanizar mi convivencia social, pues sería extraño que yo apareciese sin camisa en el trabajo o en un encuentro entre amigos. Ahora, la relación predominante es mercancía-persona-mercancía. La marca de la camisa que visto me imprime valor. En otras palabras, si llego a su casa en ómnibus o bicicleta, tengo un valor Z. Si llego de BMW, tengo un valor A. Soy la misma persona y, sin embargo, la mercancía que me reviste me imprime más o menos valor, reificándome. Ya en el siglo XIX, un crítico de la economía política había previsto, con lucidez profética, el mundo de hoy: «Llegó, al fin, un tiempo en el que todo lo que los seres humanos habían considerado inalienable se volvió objeto de cambio, de tráfico y puede alienarse. Es el tiempo en que las mismas cosas que hasta entonces eran comunicadas, pero nunca trocadas; dadas, pero nunca vendidas; conquistadas, pero nunca compradas -virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia, etc- en que todo, en fin, pasó al comercio. Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal o, para hablar en términos de economía política, el tiempo en que cualquier cosa, moral o física, habiéndose vuelto valor venial, es llevada al mercado para ser apreciada por su valor adecuado».
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