abril de 2007
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“No pensamos que la victoria temporal del fascismo en Italia, en Alemania y en España fuera el resultado de ciegas fuerzas del destino, inaccesibles a la acción de los hombres y a las clases sociales, sino más bien el producto de las relaciones económicas, políticas e ideológicas entre las clases sociales del capitalismo tardío que pueden ser comprendidas, calibradas y dominadas. Partiendo de la hipótesis de que la victoria temporal del fascismo no era inevitable, ni estaba predeterminada, se deduce que una teoría correcta y esclarecedora de ese fenómeno habría facilitado enormemente la lucha contra él”.
Ernest Mandel, “El Fascismo”
por Miguel Urban [1]
La extrema derecha está acaparando una atención mediática inusitada en los últimos tiempos, gracias a su visualización en las manifestaciones frentistas del Partido Popular y a su activismo juvenil, cada vez mas intenso. Este tratamiento mediático ha obviado sistemáticamente la cuestión de los partidos u organizaciones políticas de la ultraderecha y su situación actual, que constituye el verdadero nudo gordiano de la cuestión.
A principios de la década de los setenta, la gran mayoría de los europeos pensaba que el renacimiento de las organizaciones fascistas se articularía en torno a los restos de las dictaduras mediterráneas (Portugal, Grecia y Estado español), pero el tiempo ha demostrado lo contrario. En el Estado español la extrema derecha vivía acomodada y encorsetada por la figura y el gobierno del general Franco, que había anulado, desde el comienzo de la dictadura, cualquier tipo de organización autónoma o independiente, incluso entre los propios sectores políticos que sustentaban el régimen.
En el ocaso de la dictadura, se conformó un sector de ultraderecha que actuó como lobby político, designado popularmente como el Búnker, que será el germen de la gran mayoría de los partidos de la extrema derecha durante la transición. El grupo hegemónico de esta época fue la ultra-católica Fuerza Nueva, liderada por Blas Piñar, que aglutinó a gran parte de los elementos más nostálgicos del franquismo y a un sector juvenil muy activo, gozando de gran capacidad de movilización, uno de los rasgos genéticos de la ultraderecha de nuestro Estado.
A pesar de que este espectro político había disfrutado, durante casi cuarenta años, de la exclusividad del aparato del Estado y del régimen, se vio incapaz de competir electoralmente en el marco de unas elecciones con una “democracia formal”. Esto determinó el devenir de la extrema derecha en las próximas dos décadas: un gran activismo, fundamentalmente juvenil, polarización de las opciones partidistas y nula representatividad parlamentaria.
Esta situación acrecentó la crisis y la desorientación de los principales grupos, que se disolvieron (Fuerza Nueva lo hizo el 20N de 1982), recalando gran parte de sus cuadros dirigentes en AP, o se convirtieron en grupúsculos con nula incidencia política, iniciando el lento camino de transformación que sus homólogos europeos debieron de caminar después de la II Guerra Mundial.
Desde principios de los ochenta hasta mediados de los noventa se desarrollaron diversos procesos paralelos de reconstrucción. Por un lado hubo una autocrítica profunda de sus postulados en clave de la nueva derecha nacida en Europa. Se animaron gran cantidad de revistas y centros de estudio teóricos, entre los cuales destacó el grupo neonazi Círculo Español de Amigos de Europa, que intentó introducir los elementos teóricos que caracterizaron la renovación ideológica del “mayo blanco”.
Este proceso significó, en un primer momento, una profunda crisis ideológica, ya que rompía con los postulados de la derecha católica ultramontana, clásicamente española, y sólo caló entre ciertos sectores juveniles, que se definieron como antisistema, haciendo del activismo callejero uno de sus principales banderines de enganche. El principal ejemplo de este proceso fueron las Bases Autónomas.
Pero actualmente gran parte de estos principios se están convirtiendo en hegemónicos, relegando a un segundo plano a la nostalgia franquista y enlazando con los postulados de los grupos de ultraderecha europea, como la crítica al sistema de representación, al actual modelo de construcción europea y de globalización neoliberal, anteponiendo la unión de las patrias, la exaltación de la xenofobia y el populismo y el abandono del ideal católico, igualitario y uniformador.
Paralelamente a esta reelaboración teórica, nacía un fenómeno nuevo en la política de nuestro Estado, el populismo contestatario, un fenómeno difícil de clasificar, pero que representó un fascismo elemental que recogió un voto de protesta, pero que por sus grandes debilidades, fundamentalmente ideológicas y estratégicas no supo consolidar. Por ejemplo, el Grupo Independiente Liberal, liderado por el empresario Jesús Gil, llegó a gobernar diferentes municipios andaluces, entre ellos Marbella.
Este camino está siendo actualmente explorado, de forma más inteligente, por la Nueva Derecha, explotando y rentabilizando políticamente focos de conflictividad local en torno a temas de orden público o inmigración.
El clima social generado ante problemas fundamentales como la inmigración, el paro o la cuestión de la unidad territorial del Estado por el propio PP y sus medios de comunicación afines, y no contrarrestado ni por las políticas gubernamentales, ni tampoco por la izquierda institucional en el plano de las ideas y en la calle, está conformando un caldo de cultivo extraordinario para el florecimiento de una alternativa de extrema derecha, que conforme un nicho electoral estable, que hasta ahora ha permanecido en las filas del PP.
¿Es posible que una parte significativa de su electorado recale en una alternativa ultraderechista? Unos años atrás, la respuesta hubiera sido categóricamente negativa, pero ahora se están articulando diferentes opciones políticas capaces de poder competir por una parte de ese electorado más disconforme con un eventual giro del PP al centro, incluso capaz de tener representación municipal con un electorado propio.
Refiriéndose a Europa, Piero Ignazi argumenta que “el elevado nivel de polarización de los partidos conservadores clásicos respecto a los socialdemócratas hizo que los primeros endurecieran su discurso e incorporasen en su agenda demandas aún no formuladas por actores sociales y que después atenuaron por su vocación gubernamental. Esta táctica de los partidos conservadores creó un espacio político que dejaron libre y que la ultra derecha postindustrial aprovechó con éxito.”1
Dos tendencias se perfilan como las posibles candidatas a liderar este proceso. Una es la Plataforma Frente Español, hegemonizada por una renovada Falange Española, agrupa a diversos colectivos y partidos que podríamos titular como nostálgicos del franquismo o herederos de los viejos fascismos (Fuerza Nueva, Falange Española/La Falange y España 2000). Sin embargo, el ascenso de jóvenes cuadros militantes les ha aportado una impronta renovadora en discurso y estética, que conjuga el ideario clásico de la ultra derecha tradicional con ciertos aspectos de la Nueva Derecha. Esta plataforma se ha descompuesto en este último año, pero se podría recomponer.
El punto fuerte de esta corriente es la cuestión de la unidad de España, donde ha sabido explotar la creciente polémica y movilización de masas, articulada desde el PP y sus organizaciones sociales afines, ante el nuevo estatuto de Catalunya y el llamado proceso de paz en Euskal Herria, donde ha conseguido ganar visualización social en el seno de las movilizaciones, y discurso político, presentándose como el núcleo más intransigente del movimiento contra la tregua y las negociaciones con la izquierda abertzale.
Su oposición al proyecto de ley de recuperación de la memoria les está permitiendo recuperar un cierto protagonismo perdido, con movilizaciones propias de hasta 6000 personas por las calles de Madrid2 y una cierta visualización mediática.
Los principales obstáculos para agrupaciones electorales futuras de este arco político, siguen siendo, por un lado, su excesiva dependencia de los aspectos nostálgicos del franquismo y, por otro, la atomización de este espectro político.
La otra gran tendencia, la “nueva extrema derecha”, aunque actualmente minoritaria dentro del espectro de la ultraderecha, es la que a medio plazo puede conseguir mayores réditos electorales. Las formas, estética y discurso rompen con la tradición nostálgica franquista y del nacional-catolicismo e intentan entroncar con problemáticas actuales.
Han introducido en su discurso político, como punto clave, el fenómeno de la inmigración desde la perspectiva de amenaza a la identidad nacional. El supuesto aumento de los índices de delincuencia vinculada a la inmigración y la demanda de mayores medidas de seguridad y control se han convertido en argumentos fáciles a la hora de buscar el respaldo social.
La inmigración es actualmente, según el barómetro del CIS, el problema que más preocupa a los ciudadanos, con un 59,2%. Ante esto, el gobierno ha adoptado una política nefasta, recurriendo a las Fuerzas Armadas ante el drama humanitario de las vallas de Ceuta y Melilla y comprando a gobiernos corruptos para externalizar nuestras fronteras. A esto se suma una política de criminalización del inmigrante y de alarma social, por parte del PP, catalogando los flujos migratorios como invasiones o desarrollando videos propagandísticos donde se mete en el mismo paquete a la delincuencia común y a los inmigrantes. Este tratamiento, del fenómeno de la inmigración, conforma una coyuntura social y mediática favorable para el ascenso de las opciones políticas de la extrema derecha populistas.
La agrupación que más proyección política tiene en este sentido es Democracia Nacional, partido que lleva realizando una intensa política propagandística contra los flujos migratorios. En el 2000 inauguró la campaña “Alto a la invasión”, en la que se mostraba una patera cruzando el estrecho, y, a raíz de la muerte de un joven en un parque del barrio madrileño de Villaverde en el 2004, empezó la campaña “Los españoles primero”, que ha consistido en “recuperar” los parques y las canchas deportivas supuestamente “usurpadas” por la inmigración latinoamericana. Además, realizó una manifestación en Tenerife el 12 de octubre, día de la Hispanidad, en plena crispación social con la reiterada llega de cayucos a las costas canarias.
Un ejemplo particular, de esta tendencia, lo representa la Plataforma per Catalunya, liderada por un notorio ex-militante de Fuerza Nueva, Josep Anglada, que ha construido una organización de nuevo tipo, de carácter populista y arraigada en su medio, con el uso del catalán, y basando su actividad política en la rentabilización de focos de conflictividad local, con temas como el orden público y la inmigración. En este sentido, ha conseguido consolidar ciertos núcleos municipales que le han reportado importantes resultados electorales en el 2003, con porcentajes de voto que van desde el 5,6 al 9,2, y un concejal, en Cervera, Manlleu, El Vendrell y Vic, y un concejal en Premià de Mar para una candidatura anti-mezquita.
Aunque no cabe clasificar Ciutadans/Partido de la Ciudadanía como un partido de ultraderecha, ni siquiera asimilarlo a este espectro político, algunas características y puntos fuertes de su éxito son, cuanto menos, parecidas a la de ciertos partidos políticos europeos de la extrema derecha populista.
Es un partido sin una inscripción ideológica clara o, si la tiene, confusa; su programa político es principalmente reactivo, haciendo de su rechazo al supuesto nacionalismo excluyente su principal caballo de batalla; se presentan ante el electorado como los representantes de los ciudadanos, con una crítica implícita y explícita al sistema de representación partidista actual, pero sin cuestionar los cimientos del modelo de representación; se presentan como victimas, ante los supuestos ataques de la partitocracia catalana y los medios de comunicación que la apoyan, a pesar de que ha sido la cobertura mediática, en especial de la COPE, la que les ha dado la visualización necesaria para su éxito electoral.
Es significativo el sondeo postelectoral elaborado por el Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat entre los votantes de Ciutadans que muestra un importante desconcierto de su electorado ante su adscripción política. El 49,3% lo sitúa a la derecha, 27,3% en el centro y sólo el 15,9% en la izquierda. Esta disparidad, aunque se decanta hacia la derecha, muestra como opciones políticas populistas poco definidas ideológicamente, pero con una idea fuerza (rechazo al nacionalismo) reactiva pueden obtener buenos resultados electorales. Incluso el 3,8% de sus electores lo sitúa en la extrema derecha. En este sentido, es significativo también que Josep Anglada, presidente de Plataforma per Catalunya, haya pedido su ingreso en Ciutadans.
Todas estas características son comunes con el Frente Nacional de Le Pen y la mayoría de ellas han sido claves en el éxito del populismo de extrema derecha que propugna, a pesar de lo cual no se puede catalogar a Ciutadans como una opción partidista dentro de este espectro político. Entre otras cosas, por su actual falta de posicionamiento en aspectos claves de la extrema derecha como la inmigración o la seguridad ciudadana, y por la adscripción plural de la gran parte de sus fundadores. Lo que sí es interesante para este artículo es cómo opciones populistas, que en cierto sentido conectan en sus puntos fuertes con la nueva derecha europea, pueden alcanzar éxitos electorales relativamente importantes en el Estado español.
Es sintomático que un partido como Democracia Nacional, en su valoración de las elecciones catalanas, achaca sus pobres resultados (0,09% del total de Catalunya, donde es la primera vez que se presenta) a la irrupción en la escena política catalana de Ciutadans que,según ellos, ha catalizado gran parte del voto de protesta que debía haber recaído en su formación. Sin apoyar estas afirmaciones, lo que es importante reseñar es que Ciutadans ha abierto un camino que puede ser emulado por formaciones de extrema derecha en un tiempo no muy lejano.
La izquierda alternativa se debe tomar muy en serio la posibilidad de que, más temprano que tarde, aparezca una opción electoral de la extrema derecha con cierto arraigo social. Si queremos asumir el reto de frenar al fascismo, tenemos que abordar y aportar soluciones a las problemáticas que actualmente son eje clave del discurso y práctica política de la ultraderecha. Para ello es fundamental que renovemos nuestro análisis teórico y nuestra practica política sobre la problemática de la extrema derecha.